martes, 2 de agosto de 2016

Hace cuarenta años, en la Argentina no éramos felices

por Susy SCANDALI

Durante todo el año este año en que se cumplieron cuarenta del golpe, un numeroso grupo de ciudadanos salió a la calle para recordar una fecha que debe quedar indeleblemente marcada en el corazón de los argentinos. Porque recordar –volver a pasar por el corazón-, es la única manera de que el “nunca más” que se propusieron tantísimos políticos de todos los signos, intelectuales y ciudadanos de a pie, sea realmente posible. Como se propuso un país cuando decidió que la democracia, era el mejor estado para un pueblo.

Este año, el Faro de la Memoria y varias otras organizaciones populares convocaron al “Mar del Plata te canta los cuarenta”, una serie de acciones planificada para todo 2016, por los cuarenta años del Golpe. Carteles en todos los sitios de la ciudad, intervenciones artísticas callejeras, música, teatro, charlas, mucha, mucha memoria y siempre el acompañamiento, todos los jueves, a las Madres que cada vez más grandes y con más dificultades para caminar, siguen manteniendo viva la llama sin bajar jamás los brazos. Ni un solo jueves, llueve, truene o haga frío de esos que duelen como sucede en Mar del Plata, faltan a la cita…

Y allí fueron las y los artistas plásticos a marchar con sus obras, actrices y actores con sus vestuarios, cantantes, concertistas, las murgas, todas las semanas distintas ramas del arte renovando el compromiso: no olvidar.
Toda una ciudad movilizada, leyendo pequeños relatos con historias de lo sucedido hace cuarenta años y en los años posteriores, durante la dictadura, y cuyos protagonistas eran personas simples, tan simples como los que hoy tienen en sus manos estos microrelatos distribuidos por “Mar del Plata te canta los cuarenta” en las colas de los bancos, en las de los supermercados, por la calle, en cualquier momento, a cualquier hora, en cualquier lugar.

La ciudad tiene bien en claro qué pasó hace cuarenta años en el país. Y tiene bien en claro también, que hace cuarenta en la Argentina no eramos felices.


Todas y todos los ciudadanos lo tienen en claro. O casi…

Porque algunos, lamentablemente, perdieron la memoria. Como el intendente de General Pueyrredón, el hombre que por elección democrática -vaya paradoja para quien añora los tiempos de la dictadura- debe representar a Mar del Plata y Batán. El mismo que hace unos días atrás, dijo que quería que “el vecino de Mar del Plata vuelva a ser feliz como hace 40 años…”.
Vladimir y el oso

por Susy SCANDALI

Vladimir estaba acuclillado junto al animal mientras lo acariciaba con ternura como sólo pueden acariciar los hombres rudos, de manos rudas. Sus manos iban y venían sobre la dura pelambre con un movimiento casi automático, contínuo. Ida y vuelta, ida y vuelta sobre la dura pelambre.

Vladimir había llegado a Buenos Aires hacía diez dias y no hablaba ni una palabra de castellano. En realidad, ni siquiera lo necesitaba: su único diálogo era con sus animales. Especialmente con Alexander, el oso que ahora acariciaba sin señales de cansancio en ese movimiento de ida y vuelta de sus manos rudas.

El viaje, por barco, había sido difícil. Demasiado largo para su gusto, demasiado movido, para su gusto.
En el barco todos los artistas del circo y los animales se mezclaban en la tarea cotidiana. Eso no le había molestado para nada. Vladimir y sus osos eran un sólo grupo, una manada. Siempre había sido así, desde que saliera de su Polonia natal en busca de aventuras y le encontrara con sus osos, bajo la lona de un circo.

Desde ese día no tuvo más compañía que ellos. Cuando nació Alexander se sintió un poco padre el también. Y se puede decir que tuvo una nueva infancia, viendo y ayudando a crecer al osezno que poco a poco se fue convirtiendo en ese animal enorme y temible para todos –menos para él- que era Alexander.
Cuando llegó a Buenos Aires, le hicieron entender que debía dejar a sus osos “en observación”.  La rutina oficial así lo imponía y eso le explicaron con profusión de gestos ante su obstinada negativa: “todo va a estar bien”, le decían. Se dejó convencer. En realidad, no le quedaba otra: el circo tenía que seguir viaje y el “trámite” era imprescindible.

Con enorme dolor, dejó que encerraran al grupo de osos en el Zoológico de Buenos Aires. Desesperado, junto a su ayudante se turnaban en las guardias para estar cerca de ellos. No los dejaron quedarse a la noche, así que él aguardaba el amanecer del otro lado del paredón, imaginando que sus osos, especialmente Alexander, sabían que estaba ahí por si lo necesitaban.
Pero una noche algo salió mal. El cuidador que le había dejado la comida a Alexander, olvidó echar llave a la reja. Y Alexander era muy inteligente. Oso de circo, con mañas y buena memoria. Seguramente se dio cuenta del olvido, no habrá escuchado el ruido de la doble vuelta de llave. Curioso, puso su manaza sobre la tranca de la reja y simplemente, la corrió. Abrió el portón. Salió. Vladimir se torturaba asegurando que lo buscaba a él. Quién puede saberlo. Alexander caminó por los desiertos senderos del Zoológico hasta que un cuidador lo vio. Asustarse y correr a buscar el rifle con narcótico fue una sola cosa. Pegó el grito y salieron otros guardias. Como si Alexander fuera una fiera enfurecida –y no lo era-, varios guardias descargaron sus rifles sobre él.

Alexander se durmió casi inmediatamente. Pero no despertó nunca.
Lo más difícil fue explicárselo a Vladimir, que se pasó el resto de la noche llorando y acariciando el cuerpo exánime del oso, mascullando ininteligibles palabras en polaco, en un tono que iba de la ternura a la ira.
Los dueños del circo se ocuparon del papeleo y de convencerlo de que debía dejar el cuerpo de su oso en el lugar. Recibió innumerables pedidos de disculpas que o no escuchó, o no entendió, pero que en todo caso no le importaron.

Cuando llegó a Mar del Plata, Vladimir se ocupaba casi en piloto automático de los osos que le quedaban. Los quería, pero no como a Alexander.  
Vladimir era–dicen- una sombra de lo que había sido.

Yo conocí sólo esa sombra. Tenía un olor profundo y raro que luego me explicaron, era olor a oso. No hablaba con nadie y su mirada era oscura y huidiza. Cuando el circo apagaba las luces tras la última función de la noche, sacaba a sus osos a hacerlos caminar y entrenarlos. De día, prácticamente no se lo veía. Por ordenanza, tampoco hubieran podido trabajar sus osos, así que él prefería quedarse encerrado en su carromato. Aunque el circo estuvo toda la temporada, me enteré de su presencia unos días antes de que se fuera, de casualidad, así de encerrado estuvo. Lo vi tan raro, tan sombra, que pregunté acerca de él y me contaron su historia.

De tanto en tanto, tengo novedades del Circo y sus habitantes. De Vladimir nunca supe más nada.