La crisis
¿Me querés decir qué carajo estás haciendo?
Si, ya sé que cada vez que tenés una crisis producís un cambio, no me lo digas otra vez porque me vuelvo loco, no al pedo te conozco desde que íbamos juntos al jardín.
Es más, me parece que tu primera crisis fue en la primaria, de chiquito nomás, cuando tus viejos se separaron. Tuviste una crisis tremenda y se te dio por quemar los cuadernos. Los tuyos y los de los demás. Flor de quilombo armaste en la escuela con ese ataque de piromaniaco que te llevó a vos derechito al gabinete "de apoyo" –porque por entonces no había sicólogos como ahora, aunque a vos te hubiera venido muy bien- y al resto del curso a la librería a comprar cuadernos en masa. Te perdonaron, claro, era entendible tu "crisis". Y hasta lograste que tus viejos volvieran a estar juntos aunque no por mucho tiempo. Cuando se volvieron a separar vos ya estabas en otra cosa y no te importó demasiado.
Estabas de novio con esa piba de séptimo, ¿te acordás? Yo sí me acuerdo, la piba me gustaba a mi pero vos te la ganaste con esos arranques de loco que tenías, robándole flores a todas las vecinas para llevárselas a ella y apareciéndote a cualquier hora en su casa, los padres ya estaban podridos. Menos mal que te duró poco y cuando te dejó, tuviste otra crisis. Ya andábamos por primer año y decidiste llevarte todas las materias. Las rendiste todas bien porque cabeza nunca te faltó, pero volviste locos a todos los profesores haciendote el sordo. Ese fue otro cambio importante: te volviste sordo. Solamente yo, que te conocía bien, me daba cuenta de que no era cierto, pero fuiste sordo hasta quinto año.
"Milagrosamente", cuando llegamos a La Plata para estudiar Literatura, vos ya no eras más sordo. Los que te conocían –o creían conocerte-, se pusieron contentos con el milagro. Yo no, yo temblaba pensando cuándo sería tu proxima crisis y en qué te convertirías.
Te pegó por la militancia y dejamos de vernos un tiempo. Eras un comunista de barba desaliñada y agnóstico cuando te dejé ese dia que decidí mudarme a una pensión donde se respirara un clima más normal que el que se vivía en casa con tus compañeros, todos iguales a vos, con Carlitos Marx en los sobacos y la revolución en la boca, entrando y saliendo sin tocar el timbre porque "la propiedad era de todos".
No supe nunca que te pasó en el medio, que cuando te volví a ver, tres años después, con la misma barba desaliñada y la misma mirada de loco, andabas asustando gente con el juicio final, la Biblia en el sobaco y el Jesús en la boca. Te crucé en el parque y casi salgo de raje, pero me reconociste y corriste a mí como si hubiera sido el ángel salvador –capaz que me viste así, para estar a tono con tu cambio místico-, para abrazarme con ese olor a incienso que despedía tu ropa y que a mi casi me hace caer de culo, tan fuerte era. Fue imposible hablar de algo coherente, te creí perdido entonces y la verdad que la mirada, por lo menos, sí la tenías perdida.
Me acostumbré a ir todas las tardes a ver tu "show", siempre sin creerte demasiado, pero divertido con las reacciones que despertabas en las parejas a las que perseguías gritándoles que estaban en pecado y en las viejas –las más susceptibles de tu auditorio-, que se santiguaban sin parar cuando empezabas con tus discursos del fin del mundo.
Sólo una semana estuve sin ir al mismo banco del parque a verte, porque me acuerdo que me pesqué una gripe fuertísima. Y cuando volvi, ya no estabas. Me dijeron que "al loco de la Biblia" –ese eras vos- se lo había llevado la policía por escándalo público. Hubo quien me dijo que te habían ido a buscar del loquero y algún otro deslizó que habías decidido esconderte del mundo para purificarte. Pero yo siempre supe que habías tenido otra crisis, andá a saber por qué ahora y quién sabe qué camino habías tomado o en qué te habías convertido.
De vez en cuando algún amigo en común me contaba algo de tu vida. Que te habías casado –pobre piba, pensé yo-, que habías tenido una nena, que después tuviste otra y que llegó el varoncito. Que te habías separado –y, lógico, pensé yo-, que te habías ido de la ciudad, que estabas viviendo en el Gran Buenos Aires, sólo. Ahí te perdí el rastro, ya nadie supo más nada de vos, como si hubieras desaparecido, como si no hubieras existido nunca. Hasta hoy.
Diez años son muchos, Juan, no sé ni cómo te conocí. Es más, jamás, pero jamás te hubiera conocido si no hubieras venido –otra vez- corriendo hacia mí a los gritos, haciendome pasar el papelón de mi vida. No sé por qué habrás entrado en crisis esta vez, de verdad, no me imagino qué pudo haber sido tan fuerte ni qué te empujó a convertirte en lo que te convertiste. Decime una cosa, Juan, ¿qué mierda hacés, pero qué carajo hacés vestido así de mina?
