Hace cuarenta años, en la Argentina no éramos felices
por Susy SCANDALI
Durante todo el año este año en que se cumplieron cuarenta del golpe, un numeroso grupo de ciudadanos salió a la calle para recordar una fecha que debe quedar indeleblemente marcada en el corazón de los argentinos. Porque recordar –volver a pasar por el corazón-, es la única manera de que el “nunca más” que se propusieron tantísimos políticos de todos los signos, intelectuales y ciudadanos de a pie, sea realmente posible. Como se propuso un país cuando decidió que la democracia, era el mejor estado para un pueblo.
Este año, el Faro de la Memoria y varias otras organizaciones populares convocaron al “Mar del Plata te canta los cuarenta”, una serie de acciones planificada para todo 2016, por los cuarenta años del Golpe. Carteles en todos los sitios de la ciudad, intervenciones artísticas callejeras, música, teatro, charlas, mucha, mucha memoria y siempre el acompañamiento, todos los jueves, a las Madres que cada vez más grandes y con más dificultades para caminar, siguen manteniendo viva la llama sin bajar jamás los brazos. Ni un solo jueves, llueve, truene o haga frío de esos que duelen como sucede en Mar del Plata, faltan a la cita…
Y allí fueron las y los artistas plásticos a marchar con sus obras, actrices y actores con sus vestuarios, cantantes, concertistas, las murgas, todas las semanas distintas ramas del arte renovando el compromiso: no olvidar.
Toda una ciudad movilizada, leyendo pequeños relatos con historias de lo sucedido hace cuarenta años y en los años posteriores, durante la dictadura, y cuyos protagonistas eran personas simples, tan simples como los que hoy tienen en sus manos estos microrelatos distribuidos por “Mar del Plata te canta los cuarenta” en las colas de los bancos, en las de los supermercados, por la calle, en cualquier momento, a cualquier hora, en cualquier lugar.
La ciudad tiene bien en claro qué pasó hace cuarenta años en el país. Y tiene bien en claro también, que hace cuarenta en la Argentina no eramos felices.
Todas y todos los ciudadanos lo tienen en claro. O casi…
Porque algunos, lamentablemente, perdieron la memoria. Como el intendente de General Pueyrredón, el hombre que por elección democrática -vaya paradoja para quien añora los tiempos de la dictadura- debe representar a Mar del Plata y Batán. El mismo que hace unos días atrás, dijo que quería que “el vecino de Mar del Plata vuelva a ser feliz como hace 40 años…”.
martes, 2 de agosto de 2016
Vladimir y el oso
por Susy SCANDALI
Vladimir estaba acuclillado junto al animal mientras lo acariciaba con ternura como sólo pueden acariciar los hombres rudos, de manos rudas. Sus manos iban y venían sobre la dura pelambre con un movimiento casi automático, contínuo. Ida y vuelta, ida y vuelta sobre la dura pelambre.
Vladimir había llegado a Buenos Aires hacía diez dias y no hablaba ni una palabra de castellano. En realidad, ni siquiera lo necesitaba: su único diálogo era con sus animales. Especialmente con Alexander, el oso que ahora acariciaba sin señales de cansancio en ese movimiento de ida y vuelta de sus manos rudas.
El viaje, por barco, había sido difícil. Demasiado largo para su gusto, demasiado movido, para su gusto.
En el barco todos los artistas del circo y los animales se mezclaban en la tarea cotidiana. Eso no le había molestado para nada. Vladimir y sus osos eran un sólo grupo, una manada. Siempre había sido así, desde que saliera de su Polonia natal en busca de aventuras y le encontrara con sus osos, bajo la lona de un circo.
Desde ese día no tuvo más compañía que ellos. Cuando nació Alexander se sintió un poco padre el también. Y se puede decir que tuvo una nueva infancia, viendo y ayudando a crecer al osezno que poco a poco se fue convirtiendo en ese animal enorme y temible para todos –menos para él- que era Alexander.
Cuando llegó a Buenos Aires, le hicieron entender que debía dejar a sus osos “en observación”. La rutina oficial así lo imponía y eso le explicaron con profusión de gestos ante su obstinada negativa: “todo va a estar bien”, le decían. Se dejó convencer. En realidad, no le quedaba otra: el circo tenía que seguir viaje y el “trámite” era imprescindible.
Con enorme dolor, dejó que encerraran al grupo de osos en el Zoológico de Buenos Aires. Desesperado, junto a su ayudante se turnaban en las guardias para estar cerca de ellos. No los dejaron quedarse a la noche, así que él aguardaba el amanecer del otro lado del paredón, imaginando que sus osos, especialmente Alexander, sabían que estaba ahí por si lo necesitaban.
Pero una noche algo salió mal. El cuidador que le había dejado la comida a Alexander, olvidó echar llave a la reja. Y Alexander era muy inteligente. Oso de circo, con mañas y buena memoria. Seguramente se dio cuenta del olvido, no habrá escuchado el ruido de la doble vuelta de llave. Curioso, puso su manaza sobre la tranca de la reja y simplemente, la corrió. Abrió el portón. Salió. Vladimir se torturaba asegurando que lo buscaba a él. Quién puede saberlo. Alexander caminó por los desiertos senderos del Zoológico hasta que un cuidador lo vio. Asustarse y correr a buscar el rifle con narcótico fue una sola cosa. Pegó el grito y salieron otros guardias. Como si Alexander fuera una fiera enfurecida –y no lo era-, varios guardias descargaron sus rifles sobre él.
Alexander se durmió casi inmediatamente. Pero no despertó nunca.
Lo más difícil fue explicárselo a Vladimir, que se pasó el resto de la noche llorando y acariciando el cuerpo exánime del oso, mascullando ininteligibles palabras en polaco, en un tono que iba de la ternura a la ira.
Los dueños del circo se ocuparon del papeleo y de convencerlo de que debía dejar el cuerpo de su oso en el lugar. Recibió innumerables pedidos de disculpas que o no escuchó, o no entendió, pero que en todo caso no le importaron.
Cuando llegó a Mar del Plata, Vladimir se ocupaba casi en piloto automático de los osos que le quedaban. Los quería, pero no como a Alexander.
Vladimir era–dicen- una sombra de lo que había sido.
Yo conocí sólo esa sombra. Tenía un olor profundo y raro que luego me explicaron, era olor a oso. No hablaba con nadie y su mirada era oscura y huidiza. Cuando el circo apagaba las luces tras la última función de la noche, sacaba a sus osos a hacerlos caminar y entrenarlos. De día, prácticamente no se lo veía. Por ordenanza, tampoco hubieran podido trabajar sus osos, así que él prefería quedarse encerrado en su carromato. Aunque el circo estuvo toda la temporada, me enteré de su presencia unos días antes de que se fuera, de casualidad, así de encerrado estuvo. Lo vi tan raro, tan sombra, que pregunté acerca de él y me contaron su historia.
De tanto en tanto, tengo novedades del Circo y sus habitantes. De Vladimir nunca supe más nada.
por Susy SCANDALI
Vladimir estaba acuclillado junto al animal mientras lo acariciaba con ternura como sólo pueden acariciar los hombres rudos, de manos rudas. Sus manos iban y venían sobre la dura pelambre con un movimiento casi automático, contínuo. Ida y vuelta, ida y vuelta sobre la dura pelambre.
Vladimir había llegado a Buenos Aires hacía diez dias y no hablaba ni una palabra de castellano. En realidad, ni siquiera lo necesitaba: su único diálogo era con sus animales. Especialmente con Alexander, el oso que ahora acariciaba sin señales de cansancio en ese movimiento de ida y vuelta de sus manos rudas.
El viaje, por barco, había sido difícil. Demasiado largo para su gusto, demasiado movido, para su gusto.
En el barco todos los artistas del circo y los animales se mezclaban en la tarea cotidiana. Eso no le había molestado para nada. Vladimir y sus osos eran un sólo grupo, una manada. Siempre había sido así, desde que saliera de su Polonia natal en busca de aventuras y le encontrara con sus osos, bajo la lona de un circo.
Desde ese día no tuvo más compañía que ellos. Cuando nació Alexander se sintió un poco padre el también. Y se puede decir que tuvo una nueva infancia, viendo y ayudando a crecer al osezno que poco a poco se fue convirtiendo en ese animal enorme y temible para todos –menos para él- que era Alexander.
Cuando llegó a Buenos Aires, le hicieron entender que debía dejar a sus osos “en observación”. La rutina oficial así lo imponía y eso le explicaron con profusión de gestos ante su obstinada negativa: “todo va a estar bien”, le decían. Se dejó convencer. En realidad, no le quedaba otra: el circo tenía que seguir viaje y el “trámite” era imprescindible.
Con enorme dolor, dejó que encerraran al grupo de osos en el Zoológico de Buenos Aires. Desesperado, junto a su ayudante se turnaban en las guardias para estar cerca de ellos. No los dejaron quedarse a la noche, así que él aguardaba el amanecer del otro lado del paredón, imaginando que sus osos, especialmente Alexander, sabían que estaba ahí por si lo necesitaban.
Pero una noche algo salió mal. El cuidador que le había dejado la comida a Alexander, olvidó echar llave a la reja. Y Alexander era muy inteligente. Oso de circo, con mañas y buena memoria. Seguramente se dio cuenta del olvido, no habrá escuchado el ruido de la doble vuelta de llave. Curioso, puso su manaza sobre la tranca de la reja y simplemente, la corrió. Abrió el portón. Salió. Vladimir se torturaba asegurando que lo buscaba a él. Quién puede saberlo. Alexander caminó por los desiertos senderos del Zoológico hasta que un cuidador lo vio. Asustarse y correr a buscar el rifle con narcótico fue una sola cosa. Pegó el grito y salieron otros guardias. Como si Alexander fuera una fiera enfurecida –y no lo era-, varios guardias descargaron sus rifles sobre él.
Alexander se durmió casi inmediatamente. Pero no despertó nunca.
Lo más difícil fue explicárselo a Vladimir, que se pasó el resto de la noche llorando y acariciando el cuerpo exánime del oso, mascullando ininteligibles palabras en polaco, en un tono que iba de la ternura a la ira.
Los dueños del circo se ocuparon del papeleo y de convencerlo de que debía dejar el cuerpo de su oso en el lugar. Recibió innumerables pedidos de disculpas que o no escuchó, o no entendió, pero que en todo caso no le importaron.
Cuando llegó a Mar del Plata, Vladimir se ocupaba casi en piloto automático de los osos que le quedaban. Los quería, pero no como a Alexander.
Vladimir era–dicen- una sombra de lo que había sido.
Yo conocí sólo esa sombra. Tenía un olor profundo y raro que luego me explicaron, era olor a oso. No hablaba con nadie y su mirada era oscura y huidiza. Cuando el circo apagaba las luces tras la última función de la noche, sacaba a sus osos a hacerlos caminar y entrenarlos. De día, prácticamente no se lo veía. Por ordenanza, tampoco hubieran podido trabajar sus osos, así que él prefería quedarse encerrado en su carromato. Aunque el circo estuvo toda la temporada, me enteré de su presencia unos días antes de que se fuera, de casualidad, así de encerrado estuvo. Lo vi tan raro, tan sombra, que pregunté acerca de él y me contaron su historia.
De tanto en tanto, tengo novedades del Circo y sus habitantes. De Vladimir nunca supe más nada.
miércoles, 1 de junio de 2016
"La recagué a palos"
por Susy SCANDALI
"Recagué a palos a mi mujer. La recagué a palos. No sé qué me pasó. Cuando me di cuenta estaba en la 44, tenía un balazo en un costado y me empecé a enterar de lo que había hecho. Me habían tenido que tirar un tiro, la cana, para que parara de pegarle. Cuando me di cuenta me quería matar. Encima ella es tan buena...".
Matías es un pibe de 27 años, reciclador, hace doce años que está en pareja con la piba a la que, como él dice, hace un par de meses, "cuando jugaba Argentina" él "cagó a palos" sin saber por qué.
El grupo de hombres que habitualmente asiste a las sesiones de Víctimas de su propia violencia (porque la mayoría son hombres y de hecho, el grupo nació como "grupo de reflexión de hombres violentos"), es hablador. Todos quieren hablar. Todos quieren contar su historia -cuando se sueltan, claro está-, todos quieren opinar, participar... pero cuando el pibe dijo lo que dijo, se hizo un silencio.
Un largo silencio. "Mi mujer estaba embarazada", dijo el pibe después. Y siguió. "Era la segunda vez que estaba en cana, la primera fue hace unos cuatro años, por robo...". Y "mi viejo es alcohólico. Mi vieja se cansó de los golpes y se fue, dejandole los once pibes, de los que yo soy el mayor. A mi me echaron a la calle porque estaba de novio con la piba de la esquina. Tenía 13 años y ella 14. La dejé embarazada...".
El viento soplaba cada vez más fuerte afuera, con violencia. Pero era adentro donde la violencia podía respirarse, casi tocarse. Y el pibe seguía..."la dejé embarazada y la madre la hizo internar en el Gayone. Yo un 31 de diciembre la fui a buscar y la hice escapar, saltando las paredes. A los dos días nació la nena. Y vivimos en la calle durante bastante tiempo...".
"Me fumo de ocho a diez porros por día", dijo después..."y me tomo unas cervezas. Bueno, tomaba. Hace casi un mes que no tomo nada. Cuando me di cuenta de la cagada que me había mandado por estar puesto...".
"Diez fasos te fumás?", saltó otro, de la misma edad,uno que está intentando rescatarse yendo sin faltar al grupo, de viernes en viernes. "Si, bueno, acá hay que decir la verdad, no?...". Y Jorge Mensor, el sicólogo, rápido: "acá no juzgamos a nadie, si no decís la verdad no sirve...seguí...". Y siguió: "yo la quiero, es tan buena!...es laburadora, yo la amo loco, la amo, no sé por qué la cagué a palos, pero la cagué a palos...y estaba embarazada. Tengo una nena hermosa y un nene lindo, inteligente y otro en camino...pero yo al escabio lo viví afuera y adentro, a mi hermano lo mataron por medio kilo de faso, delante mio...no pude zafar de esto...pero quiero salir. Me estoy portando bien, la estoy enamorando de nuevo...".
La violencia es cíclica: el golpe, el arrepentimiento, la luna de miel...y el golpe otra vez.
Puede un pibe como Matías, escapar de esta violencia, mamada desde la cuna?...
El grupo suele hacer milagros. Cuando se plantean casos como éste -y no son pocos-, vuelvo a repensar si será posible el cambio.
Y siempre me digo: si no logramos que el hombre salga de la violencia, seguirá habiendo mujeres golpeadas.
Sólo soy la "relatora" del grupo. La que recoge las historias. Las que un día se harán libro para que sirva de experiencia, para analizarlo, para estudiarlo. Para cambiar algo.
Algunas historias -si no todas-, te van marcando. Algunas, como ésta, cambian algo. A mi, me abren la cabeza. Me ayudan a entender. Me cambian la vida.
por Susy SCANDALI
"Recagué a palos a mi mujer. La recagué a palos. No sé qué me pasó. Cuando me di cuenta estaba en la 44, tenía un balazo en un costado y me empecé a enterar de lo que había hecho. Me habían tenido que tirar un tiro, la cana, para que parara de pegarle. Cuando me di cuenta me quería matar. Encima ella es tan buena...".
Matías es un pibe de 27 años, reciclador, hace doce años que está en pareja con la piba a la que, como él dice, hace un par de meses, "cuando jugaba Argentina" él "cagó a palos" sin saber por qué.
El grupo de hombres que habitualmente asiste a las sesiones de Víctimas de su propia violencia (porque la mayoría son hombres y de hecho, el grupo nació como "grupo de reflexión de hombres violentos"), es hablador. Todos quieren hablar. Todos quieren contar su historia -cuando se sueltan, claro está-, todos quieren opinar, participar... pero cuando el pibe dijo lo que dijo, se hizo un silencio.
Un largo silencio. "Mi mujer estaba embarazada", dijo el pibe después. Y siguió. "Era la segunda vez que estaba en cana, la primera fue hace unos cuatro años, por robo...". Y "mi viejo es alcohólico. Mi vieja se cansó de los golpes y se fue, dejandole los once pibes, de los que yo soy el mayor. A mi me echaron a la calle porque estaba de novio con la piba de la esquina. Tenía 13 años y ella 14. La dejé embarazada...".
El viento soplaba cada vez más fuerte afuera, con violencia. Pero era adentro donde la violencia podía respirarse, casi tocarse. Y el pibe seguía..."la dejé embarazada y la madre la hizo internar en el Gayone. Yo un 31 de diciembre la fui a buscar y la hice escapar, saltando las paredes. A los dos días nació la nena. Y vivimos en la calle durante bastante tiempo...".
"Me fumo de ocho a diez porros por día", dijo después..."y me tomo unas cervezas. Bueno, tomaba. Hace casi un mes que no tomo nada. Cuando me di cuenta de la cagada que me había mandado por estar puesto...".
"Diez fasos te fumás?", saltó otro, de la misma edad,uno que está intentando rescatarse yendo sin faltar al grupo, de viernes en viernes. "Si, bueno, acá hay que decir la verdad, no?...". Y Jorge Mensor, el sicólogo, rápido: "acá no juzgamos a nadie, si no decís la verdad no sirve...seguí...". Y siguió: "yo la quiero, es tan buena!...es laburadora, yo la amo loco, la amo, no sé por qué la cagué a palos, pero la cagué a palos...y estaba embarazada. Tengo una nena hermosa y un nene lindo, inteligente y otro en camino...pero yo al escabio lo viví afuera y adentro, a mi hermano lo mataron por medio kilo de faso, delante mio...no pude zafar de esto...pero quiero salir. Me estoy portando bien, la estoy enamorando de nuevo...".
La violencia es cíclica: el golpe, el arrepentimiento, la luna de miel...y el golpe otra vez.
Puede un pibe como Matías, escapar de esta violencia, mamada desde la cuna?...
El grupo suele hacer milagros. Cuando se plantean casos como éste -y no son pocos-, vuelvo a repensar si será posible el cambio.
Y siempre me digo: si no logramos que el hombre salga de la violencia, seguirá habiendo mujeres golpeadas.
Sólo soy la "relatora" del grupo. La que recoge las historias. Las que un día se harán libro para que sirva de experiencia, para analizarlo, para estudiarlo. Para cambiar algo.
Algunas historias -si no todas-, te van marcando. Algunas, como ésta, cambian algo. A mi, me abren la cabeza. Me ayudan a entender. Me cambian la vida.
martes, 24 de mayo de 2016
El parroquiano
por Susy SCANDALI
Se instaló en la silla de siempre, en la mesa de siempre – la que daba a la ventana, le gustaba ver pasar a la gente, en verano las pibas con remeritas ajustadas, en invierno hombres y mujeres apurados, luchando contra el viento -. Pidió lo de siempre –arrancaba con un cafecito, pero el mozo ya sabía que cuando volvía a levantar la mano, era por una ginebra y luego otra…y otra-, desplegó el diario, viejo para esas horas, arrancando por los fúnebres. Un vistazo rápido a deportes, alguna nota de policiales si le llamaba la atención el título y ya estaba. A esa altura de su vida, se decía, lo único importante era quiénes lo habían precedido en el inevitable camino hacia la muerte y quién había pateado un gol, que tampoco le importaba demasiado…en realidad, ya nada le importaba demasiado. Pero cuando llegaba a esa reflexión, ya andaba por la segunda ginebra y empezaban a confundírsele las muertes con los goles.
Esperaba. Alguien iba a hacerse cargo de la guitarra colgada de un clavo en la pared y entonces empezaría lo que esperaba todas las noches. Por lo general, era algún pibe el que empezaba la rutina. Un virtuoso, a los que él solía mirar con desconfianza, así como miraba a todos los pibes. Con desconfianza y con envidia.
En algún momento, levantaría la mano con la copa de ginebra, como para pedir cancha. Era su momento de protagonismo. Aunque fuera efímero. Aunque todos ya conocieran su repertorio, escaso y reiterativo. No se detenía a mirar las caras, en las que hubiera leído “¡otra vez!”, las miradas cómplices de los pibes, que se codeaban entre ellos. La caridad de alguna piba que en voz baja pedía silencio, porque “pobre viejo…”.
Y allí se levantaba, con esfuerzo, agarrándose de la mesa con la mano libre y corriendo la silla de manera teatral. Y recitaba. Levantando la voz, impostándola, con gesto doliente. Recitaba la única poesía –¿poesía?- que sabía, la que él decía que era propia, pero que todos sabían que no lo era. El pibe de la guitarra, como siempre, le regalaba acordes profundos, como la circunstancia lo ameritaba: su poesía hablaba de tiempos pasados, de viejos organitos, de un amor no correspondido, de venganza, de muerte.
Los parroquianos, le regalaban el aplauso.Volvía a sentarse y levantaba la copa vacía de nuevo, sabiendo que esa ginebra corría por cuenta de la casa.
Tomaba la última copa y volvía a levantarse, otra vez con esfuerzo y ahora tambaleando. Las calles de La Perla lo devoraban con su oscuridad. Como si se perdiera para siempre.Pero mañana volvería. A la misma mesa, en la misma silla, con el diario doblado bajo el sobaco, a reiterar el ritual. Unico motivo de mantenerse vivo.
Se instaló en la silla de siempre, en la mesa de siempre – la que daba a la ventana, le gustaba ver pasar a la gente, en verano las pibas con remeritas ajustadas, en invierno hombres y mujeres apurados, luchando contra el viento -. Pidió lo de siempre –arrancaba con un cafecito, pero el mozo ya sabía que cuando volvía a levantar la mano, era por una ginebra y luego otra…y otra-, desplegó el diario, viejo para esas horas, arrancando por los fúnebres. Un vistazo rápido a deportes, alguna nota de policiales si le llamaba la atención el título y ya estaba. A esa altura de su vida, se decía, lo único importante era quiénes lo habían precedido en el inevitable camino hacia la muerte y quién había pateado un gol, que tampoco le importaba demasiado…en realidad, ya nada le importaba demasiado. Pero cuando llegaba a esa reflexión, ya andaba por la segunda ginebra y empezaban a confundírsele las muertes con los goles.
Esperaba. Alguien iba a hacerse cargo de la guitarra colgada de un clavo en la pared y entonces empezaría lo que esperaba todas las noches. Por lo general, era algún pibe el que empezaba la rutina. Un virtuoso, a los que él solía mirar con desconfianza, así como miraba a todos los pibes. Con desconfianza y con envidia.
En algún momento, levantaría la mano con la copa de ginebra, como para pedir cancha. Era su momento de protagonismo. Aunque fuera efímero. Aunque todos ya conocieran su repertorio, escaso y reiterativo. No se detenía a mirar las caras, en las que hubiera leído “¡otra vez!”, las miradas cómplices de los pibes, que se codeaban entre ellos. La caridad de alguna piba que en voz baja pedía silencio, porque “pobre viejo…”.
Y allí se levantaba, con esfuerzo, agarrándose de la mesa con la mano libre y corriendo la silla de manera teatral. Y recitaba. Levantando la voz, impostándola, con gesto doliente. Recitaba la única poesía –¿poesía?- que sabía, la que él decía que era propia, pero que todos sabían que no lo era. El pibe de la guitarra, como siempre, le regalaba acordes profundos, como la circunstancia lo ameritaba: su poesía hablaba de tiempos pasados, de viejos organitos, de un amor no correspondido, de venganza, de muerte.
Los parroquianos, le regalaban el aplauso.Volvía a sentarse y levantaba la copa vacía de nuevo, sabiendo que esa ginebra corría por cuenta de la casa.
Tomaba la última copa y volvía a levantarse, otra vez con esfuerzo y ahora tambaleando. Las calles de La Perla lo devoraban con su oscuridad. Como si se perdiera para siempre.Pero mañana volvería. A la misma mesa, en la misma silla, con el diario doblado bajo el sobaco, a reiterar el ritual. Unico motivo de mantenerse vivo.
Mapuche
por Susy SCANDALI
La fria crónica policial dirá que “un hombre falleció ayer por la tarde al caer del murallón del balneario “Terrazas del Mar”, a la altura de la calle Ayacucho…”.
Y ahí terminará todo, porque no habrá ni “familiares que acudieron al lugar presos de una crisis de nervios”, ni un informe que diga que “el hombre era un reconocido comerciante…o empresario…o… “, nada de eso. Porque al “Mapuche”, lo conocíamos solamente los del barrio. Y conocerlo es decir mucho: lo veíamos, todos los días, deambulando por la costa, de Plaza España unos metros para adentro y unos metros para afuera, hasta que a la nochecita bajaba por la escalera vieja del Terrazas, para acostarse en su refugio: debajo de la galería si llovía, bajo el cielo si no llovía. Siempre con su perro negro, un fiel compañero que se bancaba las caminatas sin ton ni son del Mapuche, sus monumentales borracheras, el hambre de todos los dias y quién sabe cuántos improperios, todo a cambio del enorme amor que su dueño le brindaba, cosa que no es poco, en estos tiempos de indiferencia incluso entre humanos.
Será por eso que el perro se tiró sobre el cuerpo sangrante del Mapuche, como abrazándolo, como seguramente lo abrazaría todas las noches y tuvieron que arrancárselo de encima para cargar el cuerpo en la ambulancia.
Del Mapuche nadie sabía nada. Quien sabe si tendría documentos. Lo más probable, es que no los tuviera. Lo único que sabíamos los que vivimos por La Perla, es que no faltaba a ningún acontecimiento importante del barrio. Así es que estuvo agitando la bandera de la “Metele Pata”, cuando la murga festejó su primer año con una movida en España entre Ayacucho e Ituzaingo.
Así como también estuvo cuando el “Carpo” –en Ituzaingo y la costa- inauguró su monumento a Pappo: fue uno de los más divertidos concurrentes, gigante vaso de cerveza en mano, coreando todos los hits de Napolitano y hasta arriesgando unos pasitos de rock, con su frágil equilibrio.
En una época, vendía láminas de Florencio Molina Campos, que andá a saber de dónde sacaba. Vender es un decir: si no tenías plata, te la regalaba.
Es que a él la plata no le interesaba. Para nada. O sí: para poder comprarse un tetra y emborracharse tranquilo con el par de amigotes que ayer empezaron a llorarlo y a brindar por su recuerdo. Los únicos que seguramente se acordarán de su perro negro y le tirarán algo de comer, de vez en cuando.
Esta mañana, uno de los pibes de la cocina del “Sanguchazo”, le mostraba a un amigo el lugar donde había caído el Mapuche. Me acerqué y charlamos un ratito de él. Coincidimos: el barrio extrañará su figura renqueante deambulando por ahí con su perro, sin molestar a nadie. Porque el Mapuche estaba siempre borracho. Pero –volvimos a coincidir- era un borracho querible, un borracho buena onda. Y era nuestro. De La Perla.
La fria crónica policial dirá que “un hombre falleció ayer por la tarde al caer del murallón del balneario “Terrazas del Mar”, a la altura de la calle Ayacucho…”.
Y ahí terminará todo, porque no habrá ni “familiares que acudieron al lugar presos de una crisis de nervios”, ni un informe que diga que “el hombre era un reconocido comerciante…o empresario…o… “, nada de eso. Porque al “Mapuche”, lo conocíamos solamente los del barrio. Y conocerlo es decir mucho: lo veíamos, todos los días, deambulando por la costa, de Plaza España unos metros para adentro y unos metros para afuera, hasta que a la nochecita bajaba por la escalera vieja del Terrazas, para acostarse en su refugio: debajo de la galería si llovía, bajo el cielo si no llovía. Siempre con su perro negro, un fiel compañero que se bancaba las caminatas sin ton ni son del Mapuche, sus monumentales borracheras, el hambre de todos los dias y quién sabe cuántos improperios, todo a cambio del enorme amor que su dueño le brindaba, cosa que no es poco, en estos tiempos de indiferencia incluso entre humanos.
Será por eso que el perro se tiró sobre el cuerpo sangrante del Mapuche, como abrazándolo, como seguramente lo abrazaría todas las noches y tuvieron que arrancárselo de encima para cargar el cuerpo en la ambulancia.
Del Mapuche nadie sabía nada. Quien sabe si tendría documentos. Lo más probable, es que no los tuviera. Lo único que sabíamos los que vivimos por La Perla, es que no faltaba a ningún acontecimiento importante del barrio. Así es que estuvo agitando la bandera de la “Metele Pata”, cuando la murga festejó su primer año con una movida en España entre Ayacucho e Ituzaingo.
Así como también estuvo cuando el “Carpo” –en Ituzaingo y la costa- inauguró su monumento a Pappo: fue uno de los más divertidos concurrentes, gigante vaso de cerveza en mano, coreando todos los hits de Napolitano y hasta arriesgando unos pasitos de rock, con su frágil equilibrio.
En una época, vendía láminas de Florencio Molina Campos, que andá a saber de dónde sacaba. Vender es un decir: si no tenías plata, te la regalaba.
Es que a él la plata no le interesaba. Para nada. O sí: para poder comprarse un tetra y emborracharse tranquilo con el par de amigotes que ayer empezaron a llorarlo y a brindar por su recuerdo. Los únicos que seguramente se acordarán de su perro negro y le tirarán algo de comer, de vez en cuando.
Esta mañana, uno de los pibes de la cocina del “Sanguchazo”, le mostraba a un amigo el lugar donde había caído el Mapuche. Me acerqué y charlamos un ratito de él. Coincidimos: el barrio extrañará su figura renqueante deambulando por ahí con su perro, sin molestar a nadie. Porque el Mapuche estaba siempre borracho. Pero –volvimos a coincidir- era un borracho querible, un borracho buena onda. Y era nuestro. De La Perla.
viernes, 20 de mayo de 2016
Desencuentro
por Susy SCANDALI
Bajó a la playa como todos los días. Con sol, con lluvia, con frío. No importaba, aunque nevara tenía que estar ahí todos los días, casi a la misma hora, cerca del mediodía, cuando ya había cumplido con la rutina del gimnasio, paseado al perro y hecho todas las demás cosas sin importancia que hacía por la mañana, para salir corriendo con la sillita y un libro a instalarse en ese mismo rinconcito cerca de la escollera, donde se permitía una hora sin pensar en nada y mirando el mar - más de una vez se preguntó para qué llevaba un libro, si ni siquiera lo abría -.
Fue uno de esos días de disfrute frente al mar, que la vio llegar. El primer dia le llamó la atención su porte elegante, una bella mujer de incierta edad que como él, llevaba una sillita y un libro que, pudo comprobar después, ella sí leía.
Su presencia se fue haciendo cotidiana. Casi a la misma hora que él, minutos más, minutos menos, ella bajaba la estropeada escalera de la bajada de Ayacucho y caminaba unos metros más hacia el mar, para instalarse en otro rinconcito cercano a la escollera, reparándose del viento.
Porque ella también iba con frío, con viento. Y hasta con lluvia. Sólo que en esas ocasiones - como él - se refugiaba bajo la pasarela del vacío balneario. Y se ponía a leer.
Intuía que ella también lo había visto a él, aunque nunca se hizo eco de su presencia. El la miraba, pero ella, nunca.
Un dia bajó sin el libro y le pareció que mientras miraba el mar, lloraba. Ese día trató de mirarla menos, para que ella no lo sorprendiera espiándola con pena.
Eso fue sólo un dia. Después siguió apareciendo, pero siempre iba con el libro y se enfrascaba en la lectura.
No sabía cuánto tiempo se quedaba. El tenía que ir a trabajar, así que se quedaba solamente una hora, pero ella seguía estando allí cuando él desandaba los pasos por la arena y subía la vieja escalera. Varias veces, al llegar al veredón, miró para abajo por si ella lo estaba mirando. Pero nunca lo miraba.
Su presencia se le hizo tan habitual como el mar. A tal punto que ya la esperaba. El dia que ella faltó a esa cita inexistente, él se sintió como vacío.
Fue entonces que pensó que tendría que hablarle, saber quién era, su nombre, donde vivía, qué hacía cuando no leía en la playa. A lo largo de los meses, le inventó miles de personalidades, pero ahora ya sentía la necesidad de saber realmente quién era.
Pensó por qué le estaba pasando eso. Se preguntó por qué tenía que saberlo. Y cuando se hizo la pregunta, se dio cuenta de que increíblemente - esto sólo pasa en las novelas -, se estaba enamorando de esa mujer de incierta edad, elegante, rubia, flaquita y lectora empedernida - lo único que sabía de ella -, que todos los días se ubicaba a metros de él en la misma playa, casi a la misma hora que él, sin importarle el crudo clima del invierno.
Y también se dio cuenta de eso: de que se estaba terminando el invierno. Que había pasado meses mirándola e imaginando quién era y que se estaba terminando el invierno.
En verano, las playas de La Perla iban a estar repletas de turistas a esa hora y sería difícil verla. Es más, si ella sentía la misma aversión que él por la playa en verano, quizás ni siquiera la viera más.
Decidió abordarla. Pensó mil maneras de hacerlo. Hasta lo trató en terapia, donde un risueño terapeuta –no sabía si esto era muy profesional de su parte-, se burlaba de él por las vueltas que le daba al tema. “Si eso es lo que quiere –le decía- por qué no le habla?”, como si fuera tan fácil encontrar las palabras y animarse a decirlas.
Pensó hasta el cansancio, imaginó la forma - las formas -, ensayó en soledad frente a una sillita como la de ella, memorizó las palabras.
Ese dia sintió que era “el” dia. Bajó temblando las escaleras aunque no hacía frio, no tanto como días atrás. Es que para ese entonces, era primavera…
La vio llegar. Con su sillita y su libro. Esperó a que se acomodara y un rato después, se levantó sin apuro y comenzó a caminar despacio, contando los pasos.
Pasó frente a ella, la miró y cuando proyectó su sombra sobre ella, la mujer levantó la vista y le sonrió. El hizo lo mismo.
Pero no se animó a hablarle y siguió caminando. Subió lentamente la escalera sin mirar para atrás. Sintiendo una enorme tristeza, un golpe en el medio del pecho, ese dolor que, dicen, se siente cuando se pierde un amor.
Bajó a la playa como todos los días. Con sol, con lluvia, con frío. No importaba, aunque nevara tenía que estar ahí todos los días, casi a la misma hora, cerca del mediodía, cuando ya había cumplido con la rutina del gimnasio, paseado al perro y hecho todas las demás cosas sin importancia que hacía por la mañana, para salir corriendo con la sillita y un libro a instalarse en ese mismo rinconcito cerca de la escollera, donde se permitía una hora sin pensar en nada y mirando el mar - más de una vez se preguntó para qué llevaba un libro, si ni siquiera lo abría -.
Fue uno de esos días de disfrute frente al mar, que la vio llegar. El primer dia le llamó la atención su porte elegante, una bella mujer de incierta edad que como él, llevaba una sillita y un libro que, pudo comprobar después, ella sí leía.
Su presencia se fue haciendo cotidiana. Casi a la misma hora que él, minutos más, minutos menos, ella bajaba la estropeada escalera de la bajada de Ayacucho y caminaba unos metros más hacia el mar, para instalarse en otro rinconcito cercano a la escollera, reparándose del viento.
Porque ella también iba con frío, con viento. Y hasta con lluvia. Sólo que en esas ocasiones - como él - se refugiaba bajo la pasarela del vacío balneario. Y se ponía a leer.
Intuía que ella también lo había visto a él, aunque nunca se hizo eco de su presencia. El la miraba, pero ella, nunca.
Un dia bajó sin el libro y le pareció que mientras miraba el mar, lloraba. Ese día trató de mirarla menos, para que ella no lo sorprendiera espiándola con pena.
Eso fue sólo un dia. Después siguió apareciendo, pero siempre iba con el libro y se enfrascaba en la lectura.
No sabía cuánto tiempo se quedaba. El tenía que ir a trabajar, así que se quedaba solamente una hora, pero ella seguía estando allí cuando él desandaba los pasos por la arena y subía la vieja escalera. Varias veces, al llegar al veredón, miró para abajo por si ella lo estaba mirando. Pero nunca lo miraba.
Su presencia se le hizo tan habitual como el mar. A tal punto que ya la esperaba. El dia que ella faltó a esa cita inexistente, él se sintió como vacío.
Fue entonces que pensó que tendría que hablarle, saber quién era, su nombre, donde vivía, qué hacía cuando no leía en la playa. A lo largo de los meses, le inventó miles de personalidades, pero ahora ya sentía la necesidad de saber realmente quién era.
Pensó por qué le estaba pasando eso. Se preguntó por qué tenía que saberlo. Y cuando se hizo la pregunta, se dio cuenta de que increíblemente - esto sólo pasa en las novelas -, se estaba enamorando de esa mujer de incierta edad, elegante, rubia, flaquita y lectora empedernida - lo único que sabía de ella -, que todos los días se ubicaba a metros de él en la misma playa, casi a la misma hora que él, sin importarle el crudo clima del invierno.
Y también se dio cuenta de eso: de que se estaba terminando el invierno. Que había pasado meses mirándola e imaginando quién era y que se estaba terminando el invierno.
En verano, las playas de La Perla iban a estar repletas de turistas a esa hora y sería difícil verla. Es más, si ella sentía la misma aversión que él por la playa en verano, quizás ni siquiera la viera más.
Decidió abordarla. Pensó mil maneras de hacerlo. Hasta lo trató en terapia, donde un risueño terapeuta –no sabía si esto era muy profesional de su parte-, se burlaba de él por las vueltas que le daba al tema. “Si eso es lo que quiere –le decía- por qué no le habla?”, como si fuera tan fácil encontrar las palabras y animarse a decirlas.
Pensó hasta el cansancio, imaginó la forma - las formas -, ensayó en soledad frente a una sillita como la de ella, memorizó las palabras.
Ese dia sintió que era “el” dia. Bajó temblando las escaleras aunque no hacía frio, no tanto como días atrás. Es que para ese entonces, era primavera…
La vio llegar. Con su sillita y su libro. Esperó a que se acomodara y un rato después, se levantó sin apuro y comenzó a caminar despacio, contando los pasos.
Pasó frente a ella, la miró y cuando proyectó su sombra sobre ella, la mujer levantó la vista y le sonrió. El hizo lo mismo.
Pero no se animó a hablarle y siguió caminando. Subió lentamente la escalera sin mirar para atrás. Sintiendo una enorme tristeza, un golpe en el medio del pecho, ese dolor que, dicen, se siente cuando se pierde un amor.
El payaso Bombilla
por Susy SCANDALI
Todas las noches, el payaso Bombilla se asomaba desde el coreto al escenario, por un agujero en el telón.
En el centro de la pista, bajo un haz de luz, el presentador hablaba, hasta que era interrumpido por Bombilla: “buenas noooches”. Haciendose el sorprendido, el presentador se daba vuelta y saludaba al payaso: “ah! Hola Bombilla!, cómo está usted?” y se acercaba a buscarlo.
Bombilla salía de detrás del telón y tomado del brazo del presentador, avanzaba hacia el centro de la pista, donde bajo la luz, ambos comenzaban un diálogo desopilante.
Después, siempre tomados del brazo y siempre hablando, los dos se iban alejando de la luz y volvían al coreto, donde se quedaba Bombilla. El presentador regresaba a la pista, para seguir su rutina.
Todas las noches, durante años.
Y ni una sola noche de todos esos años, el público se dio cuenta de que el payaso Bombilla era ciego.
Todas las noches, el payaso Bombilla se asomaba desde el coreto al escenario, por un agujero en el telón.
En el centro de la pista, bajo un haz de luz, el presentador hablaba, hasta que era interrumpido por Bombilla: “buenas noooches”. Haciendose el sorprendido, el presentador se daba vuelta y saludaba al payaso: “ah! Hola Bombilla!, cómo está usted?” y se acercaba a buscarlo.
Bombilla salía de detrás del telón y tomado del brazo del presentador, avanzaba hacia el centro de la pista, donde bajo la luz, ambos comenzaban un diálogo desopilante.
Después, siempre tomados del brazo y siempre hablando, los dos se iban alejando de la luz y volvían al coreto, donde se quedaba Bombilla. El presentador regresaba a la pista, para seguir su rutina.
Todas las noches, durante años.
Y ni una sola noche de todos esos años, el público se dio cuenta de que el payaso Bombilla era ciego.
jueves, 19 de mayo de 2016
El Flaco
por Susy SCANDALI
Ese 7 de enero iba con su guitarra a cantar su conocido repertorio a la casa de Marta, la quiosquera de mi barrio, que tenía una debilidad especial con nosotros: el Flaco, el Piraña (que vivía en mi casa), Fredy (por entonces mi marido) y yo. Todos estudiantes y todos flaquitos, por lo que Marta se sentía en la obligación de cocinarnos de tanto en tanto aquellas cosas que, estaba segura, no comíamos (y tenía razón), como milanesas o postres.
Yo tendría que haber estado ese día. No estuve porque había empezado a trabajar en El Atlántico, aquí en Mar del Plata.
Yo tendría que haber estado cuando cayó el Ejército y se lo llevó al Flaco antes de que pudiera ir a tocarle la guitarra a Marta.
Me abrazó fuerte la mamá del Flaco, como si yo hubiera sido un pedacito del hijo que le habían arrebatado, pura alegría y militante de la JUP, militante de la vida.
Ricardo Díaz tenía 25 años cuando fuerzas especiales se lo llevaron de la casa de 40 esquina 29, fondo, en la ciudad de La Plata, el 7 de enero de 1977. Desde ese dia, permanece desaparecido
El Flaco tenía unos hermosos ojos celestes y estaba siempre de joda. Esas eran sus características inconfundibles. Solía andar con su guitarra encima y aunque tenía un repertorio bastante pobre, no por eso dejaba de cantar cada vez que podía.
Ese 7 de enero iba con su guitarra a cantar su conocido repertorio a la casa de Marta, la quiosquera de mi barrio, que tenía una debilidad especial con nosotros: el Flaco, el Piraña (que vivía en mi casa), Fredy (por entonces mi marido) y yo. Todos estudiantes y todos flaquitos, por lo que Marta se sentía en la obligación de cocinarnos de tanto en tanto aquellas cosas que, estaba segura, no comíamos (y tenía razón), como milanesas o postres.
Yo tendría que haber estado ese día. No estuve porque había empezado a trabajar en El Atlántico, aquí en Mar del Plata.
Yo tendría que haber estado cuando cayó el Ejército y se lo llevó al Flaco antes de que pudiera ir a tocarle la guitarra a Marta.
El Piraña (Rafael Pedreira, marplatense) llegó a saltar por los fondos y se quedó escondido en un cañaveral. Fue la última vez que lo vieron.
Veinticinco años después, cuando se conmemoró el aniversario del Golpe en la facultad de Periodismo de La Plata, conocí a la mamá del Flaco. Estaba sentada en la primera fila con el resto de las Madres. Me acerqué y le dije quien era. Me miró con esos ojos de mar tranquilo y esos ojos eran los del Flaco. Me quebré. Yo, que tendría que haber sido más fuerte, que tendría que haberla consolado, que le podría haber explicado algo (¿le podría haber explicado algo?), me puse a llorar desconsoladamente. Me abrazó y me liberó de la angustia de años: por qué él y no yo, si era mi casa; por qué le fue a cantar a la quiosquera de mi barrio; por qué no estuve ese día…
Me abrazó fuerte la mamá del Flaco, como si yo hubiera sido un pedacito del hijo que le habían arrebatado, pura alegría y militante de la JUP, militante de la vida.
Ricardo Díaz tenía 25 años cuando fuerzas especiales se lo llevaron de la casa de 40 esquina 29, fondo, en la ciudad de La Plata, el 7 de enero de 1977. Desde ese dia, permanece desaparecido
Cuestión de oficio
por Susy SCANDALI
Los chicos en patas, las patas en el barro, el barro en las calles, en las casas, en las patas de los pibes. La Villa Evita era el mismo barro y en el centro, un fuego donde se cocinaba algo.
“Es la yegua que nos mató el rayo”, dice el “Ronco” (si tenía nombre, nunca lo supe), mientras la mujer revolvía algo en la enorme olla tiznada. Algo que podía ser la yegua, pero también un perro - o varios perros - o quién sabe algunos pedazos de vaca.
Generosos, ofrecen compartir el misterio de la olla y respetuosa, acepto aunque se me de vuelta el estómago al tragar esos pedazos confusos, entremezclados con papas y una salsa que asquea. Me acomodo lo mejor que puedo en el banco de tres patas y charlo de intrascendencias mientras doy vueltas en la boca el mejunje que sabe a cualquier cosa que mejor no pensarlo. “Señora”, me dicen y me avergüenza. “Señora” porque llego en auto, porque escribo y porque escribo de ellos, que saben que de esa manera saldrán del anonimato y alguien se acercará a ayudarlos.
Podría terminar la nota en unos minutos. Pero me demoro. Algo me impide moverme y me obliga a quedarme quien sabe más de una hora escuchando los testimonios que duelen, que me duelen, que me avergüenzan más y más, que me van –y lo siento físicamente-, cortando de a tiritas. No tengo mejor modo de definirlo. Me desgajan, me desgarran.
Saco los pies del barro: la próxima nota es en el Sheraton.
“De la villa al Sheraton”, me dice el fotógrafo, cagándose de risa. Pavada de oficio que te lleva de una punta a la otra de la vida, sin que medie más que la distancia y el orden establecido en el cuaderno de notas. “Limpiate las patas”, me advierte cuando llegamos al hotel, donde nos esperan los médicos de un congreso donde el tema son las enfermedades de la pobreza.
Allí mis patas vuelven a ser los pies bien calzados de una mujer en condiciones sociales “aceptables”, que hará preguntas inteligentes, a gente que sabe cuáles son los males de los que quedaron allá, en la villa Evita, en el medio de ese barro que nunca pisarán.
Los chicos en patas, las patas en el barro, el barro en las calles, en las casas, en las patas de los pibes. La Villa Evita era el mismo barro y en el centro, un fuego donde se cocinaba algo.
“Es la yegua que nos mató el rayo”, dice el “Ronco” (si tenía nombre, nunca lo supe), mientras la mujer revolvía algo en la enorme olla tiznada. Algo que podía ser la yegua, pero también un perro - o varios perros - o quién sabe algunos pedazos de vaca.
Generosos, ofrecen compartir el misterio de la olla y respetuosa, acepto aunque se me de vuelta el estómago al tragar esos pedazos confusos, entremezclados con papas y una salsa que asquea. Me acomodo lo mejor que puedo en el banco de tres patas y charlo de intrascendencias mientras doy vueltas en la boca el mejunje que sabe a cualquier cosa que mejor no pensarlo. “Señora”, me dicen y me avergüenza. “Señora” porque llego en auto, porque escribo y porque escribo de ellos, que saben que de esa manera saldrán del anonimato y alguien se acercará a ayudarlos.
Podría terminar la nota en unos minutos. Pero me demoro. Algo me impide moverme y me obliga a quedarme quien sabe más de una hora escuchando los testimonios que duelen, que me duelen, que me avergüenzan más y más, que me van –y lo siento físicamente-, cortando de a tiritas. No tengo mejor modo de definirlo. Me desgajan, me desgarran.
Saco los pies del barro: la próxima nota es en el Sheraton.
“De la villa al Sheraton”, me dice el fotógrafo, cagándose de risa. Pavada de oficio que te lleva de una punta a la otra de la vida, sin que medie más que la distancia y el orden establecido en el cuaderno de notas. “Limpiate las patas”, me advierte cuando llegamos al hotel, donde nos esperan los médicos de un congreso donde el tema son las enfermedades de la pobreza.
Allí mis patas vuelven a ser los pies bien calzados de una mujer en condiciones sociales “aceptables”, que hará preguntas inteligentes, a gente que sabe cuáles son los males de los que quedaron allá, en la villa Evita, en el medio de ese barro que nunca pisarán.
miércoles, 18 de mayo de 2016
Alejandro
por Susy SCANDALI
Bajé del micro y fui directamente a la casa de los chicos. El edificio de diagonal 79 y 6 quedaba mucho más cerca que mi casa y ahí siempre esperaba a que se hiciera más de dia, mientras tomaba unos mates o me tiraba en una de las muchas camas a dormir un rato.
Como de costumbre, subí las escaleras corriendo: mis amigos, compañeros de secundaria, estaban en el segundo piso. En el quinto, vivían los “grandes”, egresados de la misma secundaria, amigos, marplatenses todos.
Al llegar, sentí mucho frio en las piernas y una fuerte ráfaga de viento. “Raro”, me dije y encendí la luz. Entonces entendí: la puerta de entrada, de mitad para abajo, estaba destrozada y por el hueco se podía ver el ventanal abierto y papeles y muchas cosas rotas tiradas por el piso. Se me heló la sangre. Corrí hacia el quinto: la puerta estaba igual.
Bajé más apurada que nunca y al llegar abajo, me choqué literalmente con el encargado, un hombretón enorme, de pocas palabras que al verme me dijo “rajá!, se los llevaron!”.
Salí disparada hacia la parada del 508 que me llevaría a mi casa donde, sabía, tampoco iba a estar demasiado segura.
Después supe a quiénes se llevaron, no a todos porque por suerte muchos estaban en Mar del Plata, ya que todavía no habían empezado las clases. De los que se llevaron, uno no volvió: Alejandro Monjeau. Nunca más supimos nada de él.

Mucho tiempo, quizás diez años después, encontré en una librería de usados un libro chiquito, de El Cid Editor, la editorial de Varela Cid: “Sobrevivientes de La Perla”, de Gustavo y Patricia Contepomi.
En medio del horroroso testimonio de dos de los sobrevivientes de ese campo de concentración de Córdoba, salta ante mis ojos un nombre: Alejandro Monjeau(*). “Marzo 77: murió en la cuadra debido a las torturas a que fue sometido”.
Ayer lo vi. Desde la foto, pegada en la bandera, miraba al futuro con mirada franca y una sonrisa de oreja a oreja. Estudiaba Arquitectura y militaba en la Juventud Universitaria Peronista. Tenía 22 años y una hija. Tenía un futuro.
---
(*) testImonio de Patricia CASELLI, esposa de Alejandro en la Megacausa La Perla
http://www.eldiariodeljuicio.com.ar/?q=content/día-120-2602
Bajé del micro y fui directamente a la casa de los chicos. El edificio de diagonal 79 y 6 quedaba mucho más cerca que mi casa y ahí siempre esperaba a que se hiciera más de dia, mientras tomaba unos mates o me tiraba en una de las muchas camas a dormir un rato.
Como de costumbre, subí las escaleras corriendo: mis amigos, compañeros de secundaria, estaban en el segundo piso. En el quinto, vivían los “grandes”, egresados de la misma secundaria, amigos, marplatenses todos.
Al llegar, sentí mucho frio en las piernas y una fuerte ráfaga de viento. “Raro”, me dije y encendí la luz. Entonces entendí: la puerta de entrada, de mitad para abajo, estaba destrozada y por el hueco se podía ver el ventanal abierto y papeles y muchas cosas rotas tiradas por el piso. Se me heló la sangre. Corrí hacia el quinto: la puerta estaba igual.
Bajé más apurada que nunca y al llegar abajo, me choqué literalmente con el encargado, un hombretón enorme, de pocas palabras que al verme me dijo “rajá!, se los llevaron!”.
Salí disparada hacia la parada del 508 que me llevaría a mi casa donde, sabía, tampoco iba a estar demasiado segura.
Después supe a quiénes se llevaron, no a todos porque por suerte muchos estaban en Mar del Plata, ya que todavía no habían empezado las clases. De los que se llevaron, uno no volvió: Alejandro Monjeau. Nunca más supimos nada de él.

Mucho tiempo, quizás diez años después, encontré en una librería de usados un libro chiquito, de El Cid Editor, la editorial de Varela Cid: “Sobrevivientes de La Perla”, de Gustavo y Patricia Contepomi.
En medio del horroroso testimonio de dos de los sobrevivientes de ese campo de concentración de Córdoba, salta ante mis ojos un nombre: Alejandro Monjeau(*). “Marzo 77: murió en la cuadra debido a las torturas a que fue sometido”.
Ayer lo vi. Desde la foto, pegada en la bandera, miraba al futuro con mirada franca y una sonrisa de oreja a oreja. Estudiaba Arquitectura y militaba en la Juventud Universitaria Peronista. Tenía 22 años y una hija. Tenía un futuro.
---
(*) testImonio de Patricia CASELLI, esposa de Alejandro en la Megacausa La Perla
http://www.eldiariodeljuicio.com.ar/?q=content/día-120-2602
Regreso a Abra Pampa
por Susy SCANDALI
El tren paraba en todas las estaciones. En todas, subían y bajaban los pobladores del lugar con bolsas de coca y de choclos, con chivitos muertos y vivos, llenando las formaciones de ese olor tan típico de la Puna. Paró una vez más en una estación vacía, era quizás la más inhóspita de todas, en ese lugar conocido como la “Siberia Argentina”, Abra Pampa. El viento soplaba fuerte y hacía frio. Subieron y bajaron –como en todas-, las cholas con sus bebés atados a la espalda con los aguayos y sus cargamentos. Pero también subieron los pasajeros menos deseados: los policías. Miraron a su alrededor y detuvieron su mirada en aquello más extraño: una parejita “gringa”. El padre de mis hijos y yo, con ojos de susto. “Abajo”, fue la orden. Y abajo fuimos, sin saber dónde.
Era la época de la represión y huíamos, así, literalmente, huíamos, de una casa allanada, de la desaparición de dos compañeros en nuestra propia casa en La Plata. Desde Mar del Plata a Córdoba, de Córdoba capital a La Falda, de La Falda a la frontera - nos ilusionábamos -, para escapar de un destino que nos deparaba la tortura y la muerte. Un destino que nos iba a alcanzar en el lugar menos pensado, allá arriba del país, en la Puna. En Abra Pampa, de la mano de unos policías con sólo una palabra: “Abajo”.
Era la época de la represión y huíamos, así, literalmente, huíamos, de una casa allanada, de la desaparición de dos compañeros en nuestra propia casa en La Plata. Desde Mar del Plata a Córdoba, de Córdoba capital a La Falda, de La Falda a la frontera - nos ilusionábamos -, para escapar de un destino que nos deparaba la tortura y la muerte. Un destino que nos iba a alcanzar en el lugar menos pensado, allá arriba del país, en la Puna. En Abra Pampa, de la mano de unos policías con sólo una palabra: “Abajo”.
Caminamos unos metros, hasta la Central de Policía. Nos separaron para hacernos preguntas. Que a dónde van, que por qué, que hasta cuándo…
Cosas del destino, los dos contestamos lo mismo. Casualidades que te cambian -o te prolongan- la vida. Que estábamos en viaje de luna de miel, que habíamos terminado de estudiar y estábamos en viaje de egresados y recién casados. Quién sabe, hasta los enternecimos.
Horas después, volvimos a subir a otro tren y llegamos a la frontera, desde nos mandaron de vuelta al interior del país. Pero esa es otra historia…
El tema es que zafamos y volvimos al tren, que llegamos a La Quiaca, que pasamos a Villazón, pero que nunca seguimos adelante…y es que en esa época, no había, afortunadamente, sistemas de computación que indicaran que estábamos prófugos.
Más de treinta años después, volví a Abra Pampa, esa “Siberia Argentina” a la que me había prometido no volver.
Sólo que ahora volvía sola. Sin marido. Y sin miedos.
En Abra Pampa me estaba esperando, ya no la policía sino el hermano de Balvina Ramos, la coplera, mi amiga, una hermana del alma.
Subió en su bicicleta mi mochila y me llevó a su casa. Con su familia, me arropó en su amor.
Hacía mucho frío y un año que no llovía, Abra Pampa es polvo, calles desiertas y la nada misma en el medio de la Puna. El Mercado está casi desierto, las calles están desiertas. El sol es impiadoso, pero si te ponés a la sombra, te morís de frío.
Lo sentí como un desafío. Nada me empujó a Abra Pampa más que la revancha: volver y que no me parara la cana.
Es que soy una mujer “formal” ahora. Más de treinta años de laburo en una editorial reconocida. Una periodista “hecha y derecha”.
Jamás se habrían de imaginar que soy la misma, exactamente la misma piba que ahora, sin miedos, se les atrevió a bajar en el mismo lugar. Y ahora, simplemente, porque tuve ganas.
La pareja
por Susy SCANDALI
Era una pareja pero caminaban separados.Los crucé en la costa, al mediodía, bajo un sol deslumbrante y rodeados de gente que caminaba en uno y otro sentido.
No iban de la mano. Ni abrazados. Y él, no la consolaba. Es que ella iba llorando.Lloraba con lágrimas copiosas, de esas que se desplazan con velocidad hacia la barbilla, de esas que parecen dejar un reguero en el piso, de las que te mojan de verdad.Y no las ocultaba. Por el contrario, lloraba con la boca abierta, sin cubrirse, sin fijarse en la gente que la miraba. Como yo.
Quise consolarla, abrazarla y pegarle unos golpecitos en la espalda, como a los bebés. Decirle que no valía la pena. Que no sufriera tanto, porque el dolor, todo dolor, es pasajero. Más aun cuando es una pena de amor.Porque asumí que lo era. La indiferencia de él lo demostraba.
Y tuve ganas de decirle –a ella-, que lo que hoy le parecía eterno, mañana habría terminado. Que aunque hoy sentía que se le partía el corazón, el corazón no se le iba a partir. Que iba a comenzar a latir nuevamente y demostrarle que seguía viva. Porque de amor –también quise decirle-, nadie se muere.
Que lo soltara. Que lo soltara lo más rápido posible. Porque de nada vale quedarse con alguien, en el pensamiento y en el corazón, si ese alguien ya no te ama.Todo eso tuve ganas de decirle cuando la crucé, caminando en sentido contrario, por la costa al mediodía.
Quise hablarle, pero seguimos caminando.Simplemente, nos cruzamos.El sol brillaba gloriosamente, pero ella no se daba cuenta.Yo iba sola.Ella también. Pero no se daba cuenta.
Era una pareja pero caminaban separados.Los crucé en la costa, al mediodía, bajo un sol deslumbrante y rodeados de gente que caminaba en uno y otro sentido.
No iban de la mano. Ni abrazados. Y él, no la consolaba. Es que ella iba llorando.Lloraba con lágrimas copiosas, de esas que se desplazan con velocidad hacia la barbilla, de esas que parecen dejar un reguero en el piso, de las que te mojan de verdad.Y no las ocultaba. Por el contrario, lloraba con la boca abierta, sin cubrirse, sin fijarse en la gente que la miraba. Como yo.
Quise consolarla, abrazarla y pegarle unos golpecitos en la espalda, como a los bebés. Decirle que no valía la pena. Que no sufriera tanto, porque el dolor, todo dolor, es pasajero. Más aun cuando es una pena de amor.Porque asumí que lo era. La indiferencia de él lo demostraba.
Y tuve ganas de decirle –a ella-, que lo que hoy le parecía eterno, mañana habría terminado. Que aunque hoy sentía que se le partía el corazón, el corazón no se le iba a partir. Que iba a comenzar a latir nuevamente y demostrarle que seguía viva. Porque de amor –también quise decirle-, nadie se muere.
Que lo soltara. Que lo soltara lo más rápido posible. Porque de nada vale quedarse con alguien, en el pensamiento y en el corazón, si ese alguien ya no te ama.Todo eso tuve ganas de decirle cuando la crucé, caminando en sentido contrario, por la costa al mediodía.
Quise hablarle, pero seguimos caminando.Simplemente, nos cruzamos.El sol brillaba gloriosamente, pero ella no se daba cuenta.Yo iba sola.Ella también. Pero no se daba cuenta.
Pura vida
por Susy SCANDALI
Un amor. Un desamor. Las sábanas revueltas y mojadas. La cama bien hechita con sábanas prolijas.
La llamada que se espera y la llamada que no llega. La que llega. La que termina abruptamente. La que parece no terminar nunca.
La esperanza y la desesperanza. El final. El comienzo. El corazón latiendo a mil. El corazón en un puño.
La copa de vino en soledad. Y el vino compartido.
Los sueños inalcanzables. Los que se cumplen.
Pura vida, nomás… pura vida.
Memoria y esperanza
por Susy SCANDALI
lo escribí en recuerdo de Achem y Miguel(*)
lo escribí en recuerdo de Achem y Miguel(*)
Una multitud caminaba lentamente detrás de los féretros del Turco Achem y Carlos Miguel, asesinados, masacrados por la Triple A, por las calles de La Plata.
La columna avanzó hasta que en la intersección de dos calles, los milicos se lanzaron contra los manifestantes, tirándonos sus caballos encima.
Fue un desbande. Los compañeros más "grandes" abordaron colectivos y allí íbamos subiendo todos, mientras los hacían desviar hacia el cementerio. Al llegar, nos esperaba el infierno. Gases y corridas, ya no sabíamos hacia donde, porque no veíamos nada. Pero seguíamos a los compañeros que, más avezados, nos marcaban el camino. Entramos al cementerio como a una pesadilla. Corrimos entre las tumbas recién abiertas y saltando sobre las lápidas, mientras desde afuera los milicos nos seguían disparando.
En un momento, Manolo Pedreira, dirigente de la JUP (después supe, hermano de mi querido Piraña, compañero de facultad y de militancia, también marplatense, desaparecido), se subió a lo alto de una escalera de esas con las que se acceden a los nichos y nos habló, dándonos instrucciones para dispersarnos.
Dimos mil vueltas para salir, tardamos horas, hubo nuevos enfrentamientos a las puertas del cementerio, pero salimos.
Fue mi primera movilización grande. La primera experiencia que me acercó a la crueldad de los milicos y a lo que se venía, que iba a ser más fuerte y más cruel todavía.
Hoy Diego, un compañero del diario, me dijo que Rodrigo, al que conocí hace unos días en un espacio de militancia, es el hijo de Carlos Miguel.
Y como si estuviera viendo una película, recordé cómo había llegado a mi vida, junto con el "Turco" Achem, dos luchadores por la universidad nacional y popular, dos mártires.
Hay momentos de la vida que creemos olvidados. Pero están escondidos, bien guardados en la memoria. Memoria y esperanza: Rodrigo, el hijo de Carlos Miguel, que sigue su camino. Memoria y esperanza: lo único que hará que nunca bajemos los brazos.
---
(*) Rodolfo ACHEM y Carlos MIGUEL, militantes peronistas de La Plata. Sindicalista y autoridad de la UNLP respectivamente. Asesinados el 8/OCT/1974 por un comando de la CNU/Triple A.
http://www.robertobaschetti.com/biografia/a/18.htm
http://www.robertobaschetti.com/biografia/m/197.html
"Vieja de mierda"
por Susy SCANDALI
“Por lo menos acá nadie me dice 'vieja de mierda'”.
Ahí veo a las nietas, cómo crecieron!...mi nuera parece buena, nunca pone caras”. Sigue mirando por la ventana, afuera los árboles se doblan con el viento, es el único paisaje. Por esa calle pasa poca gente.
Soy una interlocutora inexistente. De vez en cuando me mira, pero casi todo el tiempo mira para allí, para la ventana. Como esperando algo.
Me mira de nuevo, esperando algún gesto. Le sonrío. Ella también sonríe. Son recuerdos lindos, aunque pocas veces los habla en voz alta. Como si se diera cuenta de lo que estoy pensando aclara: “y a quién querés que se lo cuente”.
Por la sala, deambulan otras ancianas, más perdidas todavía. Caminan en silencio, sin rumbo, sin destino. Dan vueltas una y otra vez por el mismo lugar. Otras, no pueden caminar. Están sentadas, con los ojos puestos en la nada, sin expresión, sin luz.
Vuelve a clavar su mirada en mi, que sigo sonriendo como una boluda, pensando qué carajo hago ahí, escuchando una y otra vez lo mismo cada vez que voy.
Pero salvo la mujer que habla, nadie se entera de nada. Ni de mi visita, ni de mi pena, ni de que no entra el sol por la ventana, ni de la mujer que vuelve a quejarse cada vez que tiene alguien que la escuche.
Se sonríe “pero acá estoy bien, nadie me dice vieja de mierda”.
Las manos inquietas doblando una y otra vez la servilleta a cuadros con su nombre escrito con marcador, los ojos clavados en la ventana por donde el sol no entra nunca, “tiene un techito, viste?” dice siguiendo mi mirada. “Nunca entra el sol, nunca. Arriba si, en mi pieza hay una ventanita chica por donde de mañana, entra un rayito”. Se sonríe pensando en el rayito de sol que la visita todas las mañanas. Su única visita. “Bueno, a veces viene mi hijo. Algún domingo almorzamos juntos en su casa, una casa grande, linda.
“Mi hija no me visita nunca, ella se quedó en mi casa. Decía que yo estaba vieja para vivir ahí sola…y sí, por ahí tenía razón. Yo no podía caminar bien, me olvidaba algunas cosas…las luces encendidas, la puerta sin llave, el horno de la cocina durante toda la noche…qué se yo, sí, de algunas cosas me olvidaba. De otras, no me puedo olvidar. Como cuando me dijo por primera vez “vieja de mierda”. “Otra vez te olvidaste el horno encendido, vas a quemar la casa, vieja de mierda, me vas a dejar en bolas!” Así me dijo, mirá que mal hablada. Y como si mi casa fuera suya, como si hubiera tenido algo que ver con el esfuerzo que hicimos con el viejo para levantarla.
Yo estaba embarazada de ella y así y todo, cargaba los baldes con mezcla para que el viejo, dale que dale, pusiera ladrillo sobre ladrillo apurados porque llegaba la nena y no teníamos casa propia todavía. Fuimos los primeros de la cuadra en terminar. Los vecinos estaban en la misma pero igual nos daban una mano porque yo iba a ser la primera también en tener un hijo en el barrio. Llegamos a tiempo. Cuando nació ella, ya teníamos terminada la pieza y el baño. Lo demás vino después, cuando ella ya andaba por la primaria y yo estaba embarazada de nuevo, esta vez de mi hijo varón. Un chalecito hermoso, vos vieras, en el barrio Eva Perón, no sé cómo se llama ahora…”.
Por la sala, deambulan otras ancianas, más perdidas todavía. Caminan en silencio, sin rumbo, sin destino. Dan vueltas una y otra vez por el mismo lugar. Otras, no pueden caminar. Están sentadas, con los ojos puestos en la nada, sin expresión, sin luz.Vuelve a clavar su mirada en mi, que sigo sonriendo como una boluda, pensando qué carajo hago ahí, escuchando una y otra vez lo mismo cada vez que voy.
Pero salvo la mujer que habla, nadie se entera de nada. Ni de mi visita, ni de mi pena, ni de que no entra el sol por la ventana, ni de la mujer que vuelve a quejarse cada vez que tiene alguien que la escuche.
Se sonríe “pero acá estoy bien, nadie me dice vieja de mierda”.
Nosotros, los de siempre
por Susy SCANDALI
(La nota que escribí para los cuarenta años del golpe)
(La nota que escribí para los cuarenta años del golpe)
Eramos pibes. Recién nos asomábamos a la vida y lo que pispeábamos no nos gustaba mucho. Cursábamos la secundaria y en las clases de Educación Democrática no nos dejaban hablar de dictadura. Vivíamos en dictadura pero no podíamos hablar de ella. La democracia, era una figura que sólo estaba en los libros. Estudiábamos lo que nunca habíamos vivido, o que por lo menos no recordábamos. En primer año me desaprobaron un exámen por haber hablado de “la fuerza de las botas”. Así estábamos.
Pero con ganas de cambios, estábamos.
Y las cosas, empezaron a cambiar. Volvió la democracia -cortita, endeble, es cierto, pero democracia al fin- y pudimos empezar a hacer las cosas que hasta el momento estaban prohibidas, hasta ir a los cines para ver pornografía e historia, todo al mismo tiempo. Porque de la mano de la democracia, también llegó el “destape” y tuvimos la libertad de ver relaciones carnales, culos y tetas, lo que para nosotros era pornografía pura y después nos dimos cuenta, era arte puro, sin censuras. Y pudimos ver películas sin que nadie nos cortara un pedacito ni cambiara nombres o finales. Y leer lo que antes llegaba a escondidas, de otros países con mayor libertad. De eso se trataba: de la libertad.
Por un tiempo, fuimos libres.
Y entonces, audazmente, inocentemente, mostramos la hilacha.
Mostramos que nos gustaba salir a las calles a gritar consignas. Que nos desvelábamos literalmente por discutir horas y horas de política, después de leer un libro antes prohibido, meta Particulares 30 y vino tinto, mientras desde los tocadiscos sonaban la Negra Sosa,
Charly, Víctor Heredia, los Quilapayún, Violeta Parra, Víctor Jara, Alfredo Zitarrosa, Daniel Viglietti y hasta – qué atrevidos!- los Huerque Mapu.
Charly, Víctor Heredia, los Quilapayún, Violeta Parra, Víctor Jara, Alfredo Zitarrosa, Daniel Viglietti y hasta – qué atrevidos!- los Huerque Mapu.
Mostramos que detestábamos las injusticias y que eramos capaces de oponernos a ellas, así se tratara de una nota mal puesta.
Mostramos nuestra necesidad de participar y lo empezamos a hacer en agrupaciones estudiantiles, en los barrios, en las fábricas.
Las reuniones comenzaron a ser un poco más “orgánicas” y venían de la mano de un temario, tendían a la formación política y allá íbamos, con todo entusiasmo, a seguir discutiendo en ruedas de mate y guitarra, después de leer un comunicado, un documento, de escuchar un casette.
Eramos como gorriones: andábamos levantando las voces por ahí, nos movíamos de a grupos, con nuestros hijos que eran los hijos de todos y nos sentíamos bien del pueblo. Las plazas y las calles eran nuestras y la felicidad, también.
Pero volvieron. Los uniformados con sus botas, con sus un-dos, con sus caras adustas, con sus voces de mando, volvieron.
Poco tiempo de respiro nos habían dado. Aunque suficiente para degustar la libertad y resistirnos a perderla. De eso se trataba: de la libertad. De no perderla.
Pero estos que vinieron fueron mil veces peores que los que estaban antes. Si los de antes les habían pegado a nuestros hermanos mayores con los bastones largos, estos venían a matarnos. No venían a “abollar ideas” como decía Mafalda. Venían a matar.
No estábamos seguros ni en los países vecinos: como en un dominó, los gobiernos populares de todos los países de América Latina, surgidos en los setenta por descuido de Estados Unidos –que por aquellos tiempos andaba mirando a Vietnam- comenzaron a caer, todos con la misma metodología. Y con la misma metodología, los militares de nuestros países, que abrevaron en la doctrina de seguridad nacional, torturaron, desaparecieron, mataron.
Las pintadas en las paredes duraban minutos, los actos públicos volvieron a estar prohibidos y nos inventamos la modalidad de “relámpago” para poder cantar una consigna –nos citábamos en una esquina, mirando vidrieras, haciéndonos los distraídos y al sonido de un silbato corríamos hacia la calle, gritábamos una consigna, tirábamos papeles y nos íbamos lo más rápido posible-. Pero había uniformados por todos lados y cada acto era cada vez más riesgoso, hasta que dejamos de hacerlos. Como dejamos de hacer tantas cosas: reuniones, música, teatro, literatura, cine, todo prohibido.
Era como el control que George Orwell había pensado, el ojo del Gran Hermano: para entrar a una dependencia pública tenías que dejar tus datos y eso incluía también las universidades. Un método que resultó útil para llevarse gente, muchos compañeros que jamás volvieron. También en las fábricas había cómplices y hasta ponían toda su infraestructura para levantar obreros díscolos, como sucedió en Ledesma, con los Blaquier, en la tristemente célebre Noche del Apagón. Pero también pasó en las minas, en las escuelas, en los hospitales. Ni enfermo estabas a salvo.
Desaparecieron a treinta mil jóvenes. Se apropiaron de sus hijos. Los que tuvieron más suerte, volvieron de la muerte pero con heridas indelebles. Los que logramos escapar, necesitamos años -y por lo general, terapia-, para reconstruirnos. Nos fuimos acostumbrando a las ausencias. Pero no las olvidamos. Las Madres fueron las primeras en copar calles y plazas. Las seguimos. Tuvimos hijos y les contamos. Transmitimos la historia de boca en boca, como nuestros hermanos los indios. De a poco, nos volvimos a reunir. Nos reconocimos.
Hasta que el país reconquistó la democracia. Y esta vez, sería para siempre.
Después de todo, después de tanto, con heridas y ausencias, con dolores eternos, con nostalgias, con vinos tristes, acá estamos. No lograron apagar el fuego. Hicimos lo que parecía imposible. Nos pusimos de pie y volvimos a andar: no nos han vencido.
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