miércoles, 18 de mayo de 2016

Regreso a Abra Pampa

por Susy SCANDALI

El tren paraba en todas las estaciones. En todas, subían y bajaban los pobladores del lugar con bolsas de coca y de choclos, con chivitos muertos y vivos, llenando las formaciones de ese olor tan típico de la Puna. Paró una vez más en una estación vacía,  era quizás la más inhóspita de todas, en ese lugar conocido como la “Siberia Argentina”, Abra Pampa. El viento soplaba fuerte y hacía frio. Subieron y bajaron –como en todas-, las cholas con sus bebés atados a la espalda con los aguayos y sus cargamentos. Pero también subieron los pasajeros menos deseados: los policías.  Miraron a su alrededor y detuvieron su mirada en aquello más extraño: una parejita “gringa”. El padre de mis hijos y yo, con ojos de susto. “Abajo”, fue la orden. Y abajo fuimos,  sin saber dónde.

Era la época de la represión y  huíamos, así, literalmente, huíamos, de una casa allanada, de la desaparición de dos compañeros en nuestra propia casa en La Plata. Desde Mar del Plata a Córdoba, de Córdoba capital a La Falda, de La Falda a la frontera - nos ilusionábamos -, para escapar de un destino que nos deparaba  la tortura y la muerte.  Un destino que nos iba a alcanzar en el lugar menos pensado, allá arriba del país, en la Puna.  En Abra Pampa, de la mano de unos policías con sólo una palabra: “Abajo”.

Caminamos unos metros, hasta la Central de Policía. Nos separaron para hacernos preguntas. Que a dónde van, que por qué, que hasta cuándo…

Cosas del destino, los dos contestamos lo mismo. Casualidades que te cambian  -o te prolongan- la vida. Que estábamos en viaje de luna de miel, que habíamos terminado de estudiar y estábamos en viaje de egresados y recién casados.  Quién sabe, hasta los enternecimos.

Horas después, volvimos a subir a otro tren y llegamos a la frontera, desde nos mandaron de vuelta al interior del país. Pero esa es otra historia…

El tema es que zafamos y volvimos al tren, que llegamos a La Quiaca, que pasamos a Villazón, pero que nunca seguimos adelante…y es que en esa época, no había, afortunadamente, sistemas de computación que indicaran que estábamos prófugos.
Más de treinta años después, volví a Abra Pampa, esa “Siberia Argentina” a la que me había prometido no volver.

Sólo que ahora volvía sola. Sin marido. Y sin miedos.

En Abra Pampa me estaba esperando, ya no la policía sino el hermano de Balvina Ramos, la coplera, mi amiga, una hermana del alma.
Subió en su bicicleta mi mochila y me llevó a su casa. Con su familia, me arropó en su amor.
Hacía mucho frío y un año que no llovía, Abra Pampa es polvo, calles desiertas y la nada misma en el medio de la Puna. El Mercado está casi desierto,  las calles están desiertas. El sol es impiadoso, pero si te ponés a la sombra, te morís de frío.
Lo sentí como un desafío. Nada me empujó a Abra Pampa más que la revancha: volver y que no me parara la cana.

Es que soy una mujer “formal” ahora.  Más de treinta años de laburo en una editorial reconocida. Una periodista “hecha y derecha”.

Jamás se habrían de imaginar que soy la misma, exactamente la misma piba que ahora, sin miedos, se les atrevió a bajar en el mismo lugar. Y ahora, simplemente, porque tuve ganas.

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