viernes, 20 de mayo de 2016

Desencuentro

por Susy SCANDALI

Bajó a la playa como todos los días. Con sol, con lluvia, con frío. No importaba, aunque nevara tenía que estar ahí todos los días, casi a la misma hora, cerca del mediodía, cuando ya había cumplido con la rutina del gimnasio, paseado al perro y hecho todas las demás cosas sin importancia que hacía por la mañana, para salir corriendo con la sillita y un libro a instalarse en ese mismo rinconcito cerca de la escollera, donde se permitía una hora sin pensar en nada y mirando el mar - más de una vez se preguntó para qué llevaba un libro, si ni siquiera lo abría -.

Fue uno de esos días de disfrute frente al mar, que la vio llegar. El primer dia le llamó la atención su porte elegante, una bella mujer de incierta edad que como él, llevaba una sillita y un libro que, pudo comprobar después, ella sí leía.
Su presencia se fue haciendo cotidiana. Casi a la misma hora que él, minutos más, minutos menos, ella bajaba la estropeada escalera de la bajada de Ayacucho y caminaba unos metros más hacia el mar, para instalarse en otro rinconcito cercano a la escollera, reparándose del viento.
Porque ella también iba con frío, con viento. Y hasta con lluvia. Sólo que en esas ocasiones - como él - se refugiaba bajo la pasarela del vacío balneario. Y se ponía a leer.

Intuía que ella también lo había visto a él, aunque nunca se hizo eco de su presencia. El la miraba, pero ella, nunca.

Un dia bajó sin el libro y le pareció que mientras miraba el mar, lloraba. Ese día trató de mirarla menos, para que ella no lo sorprendiera espiándola con pena.
Eso fue sólo un dia. Después siguió apareciendo, pero siempre iba con el libro y se enfrascaba en la lectura.
No sabía cuánto tiempo se quedaba. El tenía que ir a trabajar, así que se quedaba solamente una hora, pero ella seguía estando allí cuando él desandaba los pasos por la arena y subía la vieja escalera. Varias veces, al llegar al veredón, miró para abajo por si ella lo estaba mirando. Pero nunca lo miraba.

Su presencia se le hizo tan habitual como el mar. A tal punto que ya la esperaba. El dia que ella faltó a esa cita inexistente, él se sintió como vacío.
Fue entonces que pensó que tendría que hablarle, saber quién era, su nombre, donde vivía, qué hacía cuando no leía en la playa. A lo largo de los meses, le inventó miles de personalidades, pero ahora ya sentía la necesidad de saber realmente quién era.

Pensó por qué le estaba pasando eso. Se preguntó por qué tenía que saberlo. Y cuando se hizo la pregunta, se dio cuenta de que increíblemente - esto sólo pasa en las novelas -, se estaba enamorando de esa mujer de incierta edad, elegante, rubia, flaquita y lectora empedernida - lo único que sabía de ella -, que todos los días se ubicaba a metros de él en la misma playa, casi a la misma hora que él, sin importarle el crudo clima del invierno.
Y también se dio cuenta de eso: de que se estaba terminando el invierno. Que había pasado meses mirándola e imaginando quién era y que se estaba terminando el invierno.

En verano, las playas de La Perla iban a estar repletas de turistas a esa hora y sería difícil verla. Es más, si ella sentía la misma aversión que él por la playa en verano, quizás ni siquiera la viera más.

Decidió abordarla. Pensó mil maneras de hacerlo. Hasta lo trató en terapia, donde un risueño terapeuta –no sabía si esto era muy profesional de su parte-, se burlaba de él por las vueltas que le daba al tema. “Si eso es lo que quiere –le decía- por qué no le habla?”, como si fuera tan fácil encontrar las palabras y animarse a decirlas.
Pensó hasta el cansancio, imaginó la forma - las formas -, ensayó en soledad frente a una sillita como la de ella, memorizó las palabras.

Ese dia sintió que era “el” dia. Bajó temblando las escaleras aunque no hacía frio, no tanto como días atrás. Es que para ese entonces, era primavera…

La vio llegar. Con su sillita y su libro. Esperó a que se acomodara y un rato después, se levantó sin apuro y comenzó a caminar despacio, contando los pasos.
Pasó frente a ella, la miró y cuando proyectó su sombra sobre ella, la mujer levantó la vista y le sonrió. El hizo lo mismo.
Pero no se animó a hablarle y siguió caminando. Subió lentamente la escalera sin mirar para atrás. Sintiendo una enorme tristeza, un golpe en el medio del pecho, ese dolor que, dicen, se siente cuando se pierde un amor.

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