miércoles, 18 de mayo de 2016

"Vieja de mierda"

por Susy SCANDALI

“Por  lo menos acá nadie me dice 'vieja de mierda'”.

Ahí veo a las nietas, cómo crecieron!...mi nuera parece buena, nunca pone caras”. Sigue mirando por la ventana, afuera los árboles se doblan con el viento, es el único paisaje. Por esa calle pasa poca gente.

Soy una interlocutora inexistente. De vez en cuando me mira, pero casi todo el tiempo mira para allí, para la ventana. Como esperando algo.
Me mira de nuevo, esperando algún gesto. Le sonrío. Ella también sonríe. Son recuerdos lindos, aunque pocas veces los habla en voz alta. Como si se diera cuenta de lo que estoy pensando aclara: “y a quién querés que se lo cuente”.

Por la sala, deambulan otras ancianas, más perdidas todavía. Caminan en silencio, sin rumbo, sin destino. Dan vueltas una y otra vez por el mismo lugar. Otras, no pueden caminar. Están sentadas, con los ojos puestos en la nada, sin expresión, sin luz.
Vuelve a clavar su mirada en mi, que sigo sonriendo como una boluda, pensando qué carajo hago ahí, escuchando una y otra vez lo mismo cada vez que voy.

Pero salvo la mujer que habla, nadie se entera de nada. Ni de mi visita, ni de mi pena, ni de que no entra el sol por la ventana, ni de la mujer que vuelve a quejarse  cada vez que tiene alguien que la escuche.
Se sonríe “pero acá estoy bien, nadie me dice vieja de mierda”.

Las manos inquietas doblando una y otra vez la servilleta a cuadros con su nombre escrito con marcador, los ojos clavados en la ventana por donde el sol no entra nunca, “tiene un techito, viste?” dice siguiendo mi mirada. “Nunca entra el sol, nunca. Arriba si, en mi pieza hay una ventanita chica por donde de mañana, entra un rayito”. Se sonríe pensando en el rayito de sol que la visita todas las mañanas. Su única visita. “Bueno, a veces viene mi hijo. Algún domingo almorzamos juntos en su casa, una casa grande, linda. 


“Mi hija no me visita nunca, ella se quedó en mi casa. Decía que yo estaba vieja para vivir ahí sola…y sí, por ahí tenía razón. Yo no podía caminar bien, me olvidaba algunas cosas…las luces encendidas, la puerta sin llave, el horno de la cocina durante toda la noche…qué se yo, sí, de algunas cosas me olvidaba. De otras, no me puedo olvidar. Como cuando me dijo por primera vez “vieja de mierda”.  “Otra vez te olvidaste el horno encendido, vas a quemar la casa, vieja de mierda, me vas a dejar en bolas!” Así me dijo, mirá que mal hablada. Y como si mi casa fuera suya, como si hubiera tenido algo que ver con el esfuerzo que hicimos con el viejo para levantarla. 

Yo estaba embarazada de ella y así y todo, cargaba los baldes con mezcla para que el viejo, dale que dale,  pusiera ladrillo sobre ladrillo apurados porque llegaba la nena y no teníamos casa propia todavía. Fuimos los primeros de la cuadra en terminar. Los vecinos estaban en la misma pero igual nos daban una mano porque yo iba a ser la primera también en tener un hijo en el barrio.  Llegamos a tiempo. Cuando nació ella, ya teníamos terminada la pieza y el baño. Lo demás vino después, cuando ella ya andaba por la primaria y yo estaba embarazada de nuevo, esta vez de mi hijo varón. Un chalecito hermoso, vos vieras, en el barrio Eva Perón, no sé cómo se llama ahora…”.

Me mira de nuevo, esperando algún gesto. Le sonrío. Ella también sonríe. Son recuerdos lindos, aunque pocas veces los habla en voz alta. Como si se diera cuenta de lo que estoy pensando aclara: “y a quién querés que se lo cuente”. Es cierto. Recorro el lugar con la mirada: en la mesa, tres mujeres ancianas. Una de ellas, totalmente perdida en su mundo. Las otras dos, pensando en quién sabe qué cosas. En sus hijos, seguramente. Los que van de tanto en tanto, a llevarlas a almorzar a su casa, para depositarlas por la tarde en el mismo lugar, en la misma silla, en la misma mesa, contentos por el gesto humanitario de sacar a la vieja una vez por mes o cada dos meses, sin darse cuenta de que ellas vuelven más tristes.

Por la sala, deambulan otras ancianas, más perdidas todavía. Caminan en silencio, sin rumbo, sin destino. Dan vueltas una y otra vez por el mismo lugar. Otras, no pueden caminar. Están sentadas, con los ojos puestos en la nada, sin expresión, sin luz.Vuelve a clavar su mirada en mi, que sigo sonriendo como una boluda, pensando qué carajo hago ahí, escuchando una y otra vez lo mismo cada vez que voy.

Pero salvo la mujer que habla, nadie se entera de nada. Ni de mi visita, ni de mi pena, ni de que no entra el sol por la ventana, ni de la mujer que vuelve a quejarse  cada vez que tiene alguien que la escuche.

Se sonríe “pero acá estoy bien, nadie me dice vieja de mierda”.



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