La fria crónica policial dirá que “un hombre falleció ayer por la tarde al caer del murallón del balneario “Terrazas del Mar”, a la altura de la calle Ayacucho…”.
Y ahí terminará todo, porque no habrá ni “familiares que acudieron al lugar presos de una crisis de nervios”, ni un informe que diga que “el hombre era un reconocido comerciante…o empresario…o… “, nada de eso. Porque al “Mapuche”, lo conocíamos solamente los del barrio. Y conocerlo es decir mucho: lo veíamos, todos los días, deambulando por la costa, de Plaza España unos metros para adentro y unos metros para afuera, hasta que a la nochecita bajaba por la escalera vieja del Terrazas, para acostarse en su refugio: debajo de la galería si llovía, bajo el cielo si no llovía. Siempre con su perro negro, un fiel compañero que se bancaba las caminatas sin ton ni son del Mapuche, sus monumentales borracheras, el hambre de todos los dias y quién sabe cuántos improperios, todo a cambio del enorme amor que su dueño le brindaba, cosa que no es poco, en estos tiempos de indiferencia incluso entre humanos.
Será por eso que el perro se tiró sobre el cuerpo sangrante del Mapuche, como abrazándolo, como seguramente lo abrazaría todas las noches y tuvieron que arrancárselo de encima para cargar el cuerpo en la ambulancia.
Del Mapuche nadie sabía nada. Quien sabe si tendría documentos. Lo más probable, es que no los tuviera. Lo único que sabíamos los que vivimos por La Perla, es que no faltaba a ningún acontecimiento importante del barrio. Así es que estuvo agitando la bandera de la “Metele Pata”, cuando la murga festejó su primer año con una movida en España entre Ayacucho e Ituzaingo.
Así como también estuvo cuando el “Carpo” –en Ituzaingo y la costa- inauguró su monumento a Pappo: fue uno de los más divertidos concurrentes, gigante vaso de cerveza en mano, coreando todos los hits de Napolitano y hasta arriesgando unos pasitos de rock, con su frágil equilibrio.
En una época, vendía láminas de Florencio Molina Campos, que andá a saber de dónde sacaba. Vender es un decir: si no tenías plata, te la regalaba.
Es que a él la plata no le interesaba. Para nada. O sí: para poder comprarse un tetra y emborracharse tranquilo con el par de amigotes que ayer empezaron a llorarlo y a brindar por su recuerdo. Los únicos que seguramente se acordarán de su perro negro y le tirarán algo de comer, de vez en cuando.
Esta mañana, uno de los pibes de la cocina del “Sanguchazo”, le mostraba a un amigo el lugar donde había caído el Mapuche. Me acerqué y charlamos un ratito de él. Coincidimos: el barrio extrañará su figura renqueante deambulando por ahí con su perro, sin molestar a nadie. Porque el Mapuche estaba siempre borracho. Pero –volvimos a coincidir- era un borracho querible, un borracho buena onda. Y era nuestro. De La Perla.
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