martes, 24 de mayo de 2016

El parroquiano

por Susy SCANDALI

Se instaló en la silla de siempre, en la mesa de siempre – la que daba a la ventana, le gustaba ver pasar a la gente, en verano las pibas con remeritas ajustadas, en invierno hombres y mujeres apurados, luchando contra el viento -. Pidió lo de siempre –arrancaba con un cafecito, pero el mozo ya sabía que cuando volvía a levantar la mano, era por una ginebra y luego otra…y otra-, desplegó el diario, viejo para esas horas, arrancando por los fúnebres. Un vistazo rápido a deportes, alguna nota de policiales si le llamaba la atención el título y  ya estaba. A esa altura de su vida, se decía, lo único importante era quiénes lo habían precedido en el inevitable camino hacia la muerte y quién había pateado un gol, que tampoco le importaba demasiado…en realidad, ya nada le importaba demasiado.  Pero cuando llegaba a esa reflexión, ya andaba por la segunda ginebra y empezaban a confundírsele las muertes con los goles.

Esperaba. Alguien iba a hacerse cargo de la guitarra colgada de un clavo en la pared y entonces empezaría lo que esperaba todas las noches. Por lo general, era algún pibe el que empezaba la rutina. Un virtuoso, a los que él solía mirar con desconfianza, así como miraba a todos los pibes. Con desconfianza y con envidia.

En algún momento, levantaría la mano con la copa de ginebra, como para pedir cancha. Era su momento de protagonismo. Aunque fuera efímero. Aunque todos ya conocieran su repertorio, escaso y reiterativo. No se detenía a mirar las caras, en las que hubiera leído “¡otra vez!”, las miradas cómplices de los pibes, que se codeaban entre ellos. La caridad de alguna piba que en voz baja pedía silencio, porque “pobre viejo…”.

Y allí se levantaba, con esfuerzo, agarrándose de la mesa con la mano libre y corriendo la silla de manera teatral. Y recitaba. Levantando la voz, impostándola, con gesto doliente. Recitaba  la única poesía –¿poesía?- que sabía, la que él decía que era propia, pero que todos sabían que no lo era. El pibe de la guitarra, como siempre, le regalaba acordes profundos, como la circunstancia lo ameritaba: su poesía hablaba de tiempos pasados, de viejos organitos, de un amor no correspondido, de venganza, de muerte.

Los parroquianos, le regalaban el aplauso.Volvía a sentarse y levantaba la copa vacía de nuevo, sabiendo que esa ginebra corría por cuenta de la casa.

Tomaba la última copa y volvía a levantarse, otra vez con esfuerzo y ahora tambaleando. Las calles de La Perla lo devoraban con su oscuridad. Como si se perdiera para siempre.Pero mañana volvería. A la misma mesa, en la misma silla, con el diario doblado bajo el sobaco, a reiterar el ritual. Unico motivo de mantenerse vivo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario